Las Chicas de Ciudad Atómica

07/05/2019

Francisco Madero Preciado

El 6 de agosto de 1945 el ejército de Estados Unidos lanzó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima, donde murieron instantáneamente 70 mil personas. Lo que poca gente sabe es que el mismo número de personas fue el que trabajó para armar la funesta arma, más de 70 mil personas trabajaron, sin saberlo, durante poco más de un año para poder armar la bomba que fue lanzada sobre Hiroshima.

Foto de Oak Ridge, Tennessee 1942 Imagen: Derechos Públicos

Y esta es la historia de las chicas de Ciudad Atómica…

Todo empezó con el director del proyecto, Robert Oppenheimer, del Proyecto Manhattan, en el cual él se vio en la necesidad de reclutar a una gran cantidad de científicos, principalmente físicos y químicos, para poder diseñar, refinar el uranio y el plutonio, para armar la bomba.

Al mismo tiempo, Oppenheimer tenía que tener extremo cuidado de que ninguno de los científicos que estuviera trabajando en el proyecto supiera para qué se estaba refinando el material nuclear, cómo se iba a armar, o qué destino tendría.

Lo mismo pasó para todo el ejército de gente que hubo que reclutar, para hacer que todo el trabajo funcionara.

Las chicas de Ciudad Atómica, eran principalmente mujeres que habían terminado la secundaria, pero que no tenían los medios para continuar su educación superior, y entonces el gobierno les ofrecía la oportunidad de trabajar.

De las mujeres que fueron reclutadas casi ninguna de ellas provenía de las grandes ciudades, casi todas eran personas que vivían en pueblos chiquitos del campo, con vocaciones agrícolas o ganaderas.

Siendo mujeres, tener acceso a un empleo no era algo muy común durante la época, y desde luego, muchísimas aceptaron porque no tenía ni idea de lo que se estaban metiendo.

Muchas de ellas pensaron, pensaban que como las estaba contratando el gobierno, iban a trabajar en Washington o Nueva York; lo que menos se imaginaban es que iban a ir al sitio X.

El sitio X estaba ubicado en Oak Ridge, Tennessee, y lejos de ser una ciudad era más bien un tipo de campamento con las calles llenas de lodo. Los lugares para dormir eran barracas, sin calefacción en la época de frío. Las pocas cafeterías que había estaban muy mal surtidas, entonces las colas para para comer y cenar eran larguísimas.

Entre esas 70 mil personas reclutadas para trabajar en el Proyecto Manhattan, la mayoría no sabía qué era lo que estaba haciendo, simplemente tenía una tarea. El director del proyecto, Robert Oppenheimer, le metió tanto diseño al proyecto para segmentarlo en tantas partes, de tal manera que nadie pudiera tener ni siquiera una pieza del rompecabezas.

No podían hacer una historia de qué era lo que estaban haciendo, y desde luego también la mayoría de las mujeres que fueron contratadas hacía el papel de espías, y había en Oak Ridge una propaganda de Estado, por cierto, muy curiosa, en la cual había como espectaculares en las calles de terracería y lodo, que decía:

No preguntes. No platiques. Haz tu parte para ganar la guerra.

Otro decía:

Tu pluma y tu lengua pueden ser armas para el enemigo.

Entonces todo este ambiente de absoluto secreto se generó, y que nadie sabía quién era espía de quién. Pues era una labor para la cual estas chicas de Ciudad Atómica fue una sorpresa tremenda, porque no podían ni siquiera comunicarse con sus familias.

Nada de lo que pasaba en el sitio X podía trascender del sitio X, y lo que hacían ahí, a grossomodo, era la refinación del uranio y del plutonio.

Bastó una serie de tareas para poder armar la bomba, y de ahí una vez que estuvo terminado se iba a transportar todo al sitio “Y”, que nadie sabía dónde estaba el sitio “Y”.

Después se supo que era Los Álamos en Nuevo México, donde se ensambló la bomba lista para transportarla.

En la intensa labor por procesar el material radioactivo, donde la meta era obtener unas cuantas onzas de U-235 al día, la labor de estas mujeres se volvió nodal. A pesar de que no se les permitió saber en ese momento, estaban monitoreando los cuadrantes y observando los medidores en busca de un calutrón, un espectrómetro de masas que separa los isótopos de uranio. El uranio enriquecido se usó para fabricar la primera bomba atómica.

Fue así que las chicas de Ciudad Atómica recibieron capacitación y empleo en el Complejo de Seguridad Nacional:

Podemos enseñarle cómo hacer lo que se necesita, pero no podemos decirle lo que está haciendo. Solo puedo decirle que si nuestra ¡Los enemigos nos pegan, Dios, ten piedad de nosotros!”

Chicas de Ciudad Atómica, por Ed Westcott , en sus paneles de control de calutron. Gladys Owens, sentada en primer plano, no sabía en qué había estado involucrada hasta que vio esta foto en un recorrido por las instalaciones cincuenta años después

No obstante, la parte más difícil no era la de las Chicas Atómicas, sino la parte de los científicos, porque incluso la carta pública que le mandó Einstein al presidente Roosevelt advirtiéndole de los peligros de la fisión nuclear, y rogándole, y suplicándole que por favor no la usará con fines bélicos. Fue una manera también de desentenderse de lo que él ya sospechaba, que se iba a utilizar para fines militares.

Muchos científicos que trabajaron en el proyecto, número uno, técnicamente dudaban de la posibilidad de que se pudiera hacer la bomba, y si se podía hacer, no tenían la convicción moral de que debía de utilizarse como un arma de guerra.

Sin embargo, a todo mundo callaron con el argumento de que “tenemos que ganar esta Guerra”, “estás con nosotros o estás en contra nuestra”. Esa era la política que había, y por eso muchos científicos a pesar de más o menos comprender para qué se estaba haciendo el proyecto Manhattan, que por cierto no lo conocían con ese nombre, sí estaban muy renuentes al destino que se le iba a dar a esa bomba.

Los gobiernos siempre han utilizado a la energía nuclear mucho antes de entender las implicaciones, las consecuencias, los peligros; apenas salen las posibilidades tecnológicas e inmediatamente se utilizan como una realidad.

Era algo a lo que estaban totalmente en contra los científicos, y Einstein, de alguna manera en su carta al presidente Roosevelt, habló por todos ellos, diciendo de una manera muy diplomática:

Nosotros los físicos no estamos de acuerdo con utilizar una bomba atómica para fines bélicos.

Einstein-Roosevelt-letter.png

Pero Einstein mismo, que era un migrante, ya vivía en Estados Unidos, no tenía mucha voz para para contradecir al gobierno que lo estaba hospedando. Sin embargo, su convicción moral, su ética profesional, no le permitió mantenerse callado, y por lo menos quedó este testimonio de la Carta abierta.

No obstante, nadie sabe cómo estuvo funcionando en realidad el proyecto en términos de logística, porque son muchísimas personas, 70 mil para una bomba que aniquiló a 70 mil víctimas. Poca gente se da cuenta de lo que hubo detrás de la bomba atómica.

La mayoría de estas 70 mil personas, si no es que todas, se enteraron el día que el presidente Truman, después de haber lanzado la bomba exitosamente, comunicó públicamente por radio que el daba su agradecimiento a las personas que trabajaron en el sitio X en Oak Ridge. Entonces, ahí muchas personas se enteraron, que estuvieron trabajando todo ese año en la bomba atómica.

Pero toda esta historia estuvo sumergida en el absoluto secreto, la atmósfera de conspiración, de espía contra espía, que se tuvo que hacer toda la cantidad de cosas redundantes para que nadie sospechara de qué se trataba el proyecto Manhattan, hasta que explotó la bomba.

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