Trastorno del Espectro Autista exige ajustes según tres niveles de apoyo: Julio Aguayo

La práctica clínica actual agrupa las variantes del autismo bajo un término único: Trastorno del Espectro Autista

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El Trastorno del Espectro Autista representa una condición del neurodesarrollo que elimina clasificaciones previas como el Síndrome de Asperger para medir la intervención mediante tres niveles de necesidad de apoyo en la vida cotidiana.

En entrevista con Francisco Zea para Imagen Radio, Julio Aguayo especialista en Diagnóstico e Intervención en Trastornos del Espectro Autista, explicó el funcionamiento del diagnóstico clínico y las implicaciones de estas categorías en el entorno familiar, escolar y laboral.

"Hoy en día el autismo se concibe como una condición del neurodesarrollo, no como una enfermedad. Esto es fundamental aclararlo: el autismo no se cura porque no es un padecimiento infeccioso o degenerativo, es una forma distinta en la que el cerebro procesa la información y se conecta con el entorno. La forma correcta de nombrarlo es Trastorno del Espectro Autista o condición del espectro autista".

La práctica clínica actual bajo la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) y el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) agrupa las variantes del autismo bajo un término único. El psicólogo detalló que las variaciones individuales determinan la intensidad de las herramientas de apoyo necesarias para la vida diaria.

"El término espectro implica que no hay dos personas con autismo iguales. Las manifestaciones varían ampliamente. Anteriormente se clasificaba en categorías separadas, como el Síndrome de Asperger o el autismo atípico, pero en las clasificaciones médicas actuales todo se engloba bajo el término único de Trastorno del Espectro Autista. Lo que cambia entre una persona y otra son los niveles de apoyo que requieren para desenvolverse en su vida cotidiana", explicó Aguayo.

El Nivel 1 se asigna a personas que requieren apoyo. Presentan autonomía en el lenguaje verbal y en el desarrollo intelectual, pero enfrentan barreras específicas en la interacción social y en la flexibilidad conductual ante cambios de rutina.

El Nivel 2 contempla a quienes requieren apoyo notable. En esta categoría, las limitaciones en la comunicación verbal y no verbal son más evidentes, dificultando la integración en entornos sin adaptaciones previas.

El Nivel 3 requiere apoyo muy notable. Corresponde a personas con dependencia directa para realizar actividades básicas cotidianas, acompañadas de escasa o nula comunicación verbal y patrones de conducta altamente estructurados.

Julio Aguayo señaló que la identificación de factores clínicos antes de los dos años de edad permite iniciar intervenciones oportunas. Puntualizó que la observación de la conducta infantil por parte de los padres constituye el primer paso para un abordaje terapéutico.

El psicólogo dijo que entre las manifestaciones primarias se encuentra la falta de contacto visual focalizado, la ausencia de respuesta auditiva o gesticular al escuchar su nombre y el retraso en la adquisición de la comunicación hablada.

A las pautas de interacción se suman los patrones de conducta repetitivos, el interés persistente en objetos específicos y la alteración en el procesamiento de estímulos del entorno, manifestada en hipersensibilidad a ciertos sonidos, luces o texturas.

"Las primeras señales suelen presentarse antes de los dos años. La falta de contacto visual, la ausencia de respuesta al nombre cuando se le llama, el retraso o la falta de desarrollo del lenguaje verbal, y la presencia de conductas repetitivas o intereses altamente restringidos son focos de atención. También observamos hipersensibilidad o hiposensibilidad a estímulos sensoriales, como sonidos fuertes, texturas de ropa o luces", precisó Julio Aguayo.

El especialista afirmó que diagnóstico oportuno en las etapas iniciales del desarrollo incrementa las posibilidades de adaptación e independencia; Sin embargo, el avance en la difusión de criterios clínicos ha derivado en un incremento de valoraciones en la edad adulta.

Julio Aguayo indicó que múltiples adultos han vivido con diagnósticos previos de ansiedad o depresión sin identificar el origen neurobiológico de sus dificultades sociales. La confirmación clínica en la adultez otorga certezas para implementar esquemas de autorregulación.

Respecto a los entornos educativos y profesionales, la integración efectiva requiere eliminar prejuicios sobre la neurodivergencia; el especialista señaló que Las instituciones escolares deben implementar capacitación docente en adaptaciones curriculares y evaluaciones flexibles.

En el ámbito corporativo, la inclusión requiere adecuar las áreas de trabajo a las características sensoriales de los empleados; aguayo indicó que la integración de personas dentro del espectro aporta capacidades de concentración, apego a procesos metodológicos y rigor analítico en tareas complejas.

"El principal obstáculo es el desconocimiento y los estigmas. En el ámbito educativo, se requiere capacitar a los docentes en ajustes razonables y flexibilidad curricular. En el laboral, las empresas deben entender que integrar a una persona en el espectro no es un acto de caridad, sino una oportunidad de incorporar perfiles con un alto nivel de enfoque, honestidad y atención al detalle, siempre que se adapte el entorno de trabajo a sus necesidades sensoriales y de comunicación", concluyó Julio Aguayo.

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