La inflación bajó, pero detrás de este descenso hay una economía menos cómoda
México recibió en mayo una noticia que, vista desde los mercados, parece positiva

La inflación general cayó a 3.94% anual, desde 4.45% en abril, con una variación mensual negativa de 0.21%. El dato alivió la presión sobre el Banco de México (Banxico) y reforzó la narrativa de un peso todavía fuerte. Pero debajo de esa cifra amable hay una economía menos cómoda: servicios persistentes, alimentos aún caros para los hogares pobres, turismo que pierde poder de arrastre y una industria que rebota sin terminar de despegar.
La inflación bajó, sí, pero no por una desinflación plenamente estructural. El descenso descansó en buena medida en componentes volátiles: electricidad subsidiada por temporada cálida y retrocesos en agropecuarios como tomate verde, huevo y chile serrano. La inflación no subyacente cayó 1.65% mensual y la de frutas y verduras se moderó a 14.38% anual, desde 21.43%. Es una mejora importante, pero difícilmente constituye una base suficiente para relajar la vigilancia monetaria.
El problema está en el núcleo. La inflación subyacente bajó apenas a 4.19%, su menor nivel en un año, pero los servicios subieron a 4.57%. Para un banco central, esa es la parte incómoda: precios menos sensibles al tipo de cambio y más ligados a salarios, rentas, márgenes y expectativas. Mientras los servicios sigan lejos de su promedio histórico, la baja de la inflación general puede ser más una pausa que un cambio sostenido de tendencia.

Esa diferencia entre una inflación general que cede y una subyacente que resiste es crucial para leer el momento. No estamos ante una economía con demanda boyante, sino ante una desinflación incompleta, donde el tipo de cambio ayuda a contener mercancías, pero salarios, servicios y costos internos impiden una convergencia más rápida al objetivo. La política pública enfrenta aquí una tensión conocida. México quiere tasas menos restrictivas para apoyar una actividad débil, pero no puede ignorar que la inflación esperada para cierre de 2026 sigue alrededor de 4.3%, tanto general como subyacente. Además, los riesgos no son menores: aranceles, costos laborales acumulados, fertilizantes, clima y energía. Una reducción acelerada de tasas podría deteriorar el diferencial frente a Estados Unidos justo cuando la Reserva Federal se perfila a mantener su tasa en 3.50-3.75% por el resto del año.
El frente externo tampoco ofrece un colchón limpio. El peso cerraba cerca de 17.31 por dólar en la semana, apoyado por diferenciales de tasas y apetito por activos mexicanos. Pero la previsión de 17.9 al cierre de 2026 incorpora una depreciación gradual, alimentada por la incertidumbre comercial.
Las declaraciones de Donald Trump sobre no autorizar una renovación convencional del T-MEC y preferir revisiones anuales apuntan al riesgo central para México: el país gana por relocalización, pero depende de reglas estables.

La industria ilustra esa ambivalencia. En abril, la producción industrial creció 2.1% mensual, su mayor avance desde marzo de 2021, impulsada por construcción, que saltó 7.6%, y manufacturas, que avanzaron 1.2%. Equipo de transporte creció 2.5%. Sin embargo, en enero-abril la producción industrial todavía cayó 0.3% anual, y las manufacturas retrocedieron 1.5%. El rebote es real; la tendencia, frágil.
La oportunidad exportadora existe, pero requiere energía confiable, infraestructura, seguridad y certidumbre regulatoria. El turismo confirma que el problema mexicano no es sólo de volumen, sino de valor. En abril entraron 8.3 millones de viajeros internacionales, 8.1% más que un año antes, pero los ingresos cayeron 2.3% y el gasto medio se redujo 9.6%, a 359 dólares. México atrae más personas, pero captura menos dólares por visitante. Esa pérdida de densidad económica importa para la cuenta corriente, el empleo regional y la recaudación local.
La dimensión social es todavía más clara. Aunque la inflación general bajó a 3.9%, la canasta alimentaria subió 6.9% anual en zonas urbanas y 6.3% en rurales. La línea de pobreza extrema por ingresos llegó a 2,597 pesos mensuales por persona en ciudades y 1,960 pesos en áreas rurales. Para los hogares de bajos ingresos, la desinflación agregada no necesariamente se traduce en alivio cotidiano.
La lectura de política pública es sencilla, pero exigente. Banxico debe preservar prudencia; Hacienda debe evitar estímulos generalizados y concentrar apoyos en canasta alimentaria, transporte y logística; Economía debe blindar la relación comercial con Estados Unidos; y los gobiernos locales deben elevar el gasto turístico por visitante. México no está ante una crisis, sino ante una ventana estrecha: convertir una tregua de precios y un rebote industrial en estabilidad duradera. Las ventanas, en mercados, rara vez permanecen abiertas mucho tiempo.
