México y el dilema de los bancos centrales: ¿Por qué no recorta tasas con inflación a la baja?
Celebrar el dato de precios en el país sería apresurado

La inflación en México tocó su nivel más bajo en seis años en julio de 2026. Aun así, Banxico no movió ni una sola de sus fichas. Un vistazo al tablero monetario global ayuda a entender por qué.
El número llegó mejor de lo esperado. En julio de 2026, la inflación general en México se ubicó en 3.12% anual, su lectura más baja desde mayo de 2020, según datos del Inegi. Mensualmente, el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) apenas avanzó 0.03%, muy por debajo del promedio histórico de 0.45% para ese mes. El protagonista involuntario del dato: el desplome en precios de frutas y verduras, encabezado por jitomate, chiles y otros como el huevo.
Pero celebrar sería apresurado. Analistas del mercado anticipan que esta lectura es un valle, no un destino. La proyección de consenso para el cierre de 2026 sitúa la inflación general en torno a 4.2% y la subyacente —que mide la tendencia de fondo, excluyendo agropecuarios y energéticos— alrededor de 4.1%. Los motores del repunte: aranceles que aún no han trasladado su impacto completo a los precios al consumidor, presiones en costos laborales acumuladas y la posible reversión del componente agropecuario, que este mes actuó como amortiguador, pero comienza a rebotar.
Ante ese panorama, el Banco de México (Banxico) decidió el pasado 6 de agosto mantener su tasa de referencia en 6.50%, en lo que ya se perfila como una pausa prolongada tras un ciclo de recortes que redujo la tasa desde 11.25% en 2023. La Junta de Gobierno fue explícita: el balance de riesgos para la inflación mantiene sesgo al alza, y no prevé que la inflación converja a su objetivo de 3.0% sino hasta el cuarto trimestre de 2027.
El Banco de México identifica como principales riesgos al alza para la inflación el posible efecto más intenso de los aranceles sobre las mercancías, un mayor traspaso del incremento del salario mínimo al resto de los salarios, condiciones climatológicas adversas que presionen los precios agropecuarios, y la persistencia de presiones en los costos laborales.
Como riesgos a la baja, la Junta de Gobierno señala una mayor holgura económica de la anticipada y un efecto más prolongado de la apreciación del tipo de cambio sobre los precios de las mercancías importadas.

El espejo japonés
Para entender la situación de México, vale la pena voltear al otro extremo del espectro monetario global: Japón.
En décadas, el Banco de Japón (BOJ, por sus siglas en inglés) fue el gran caso de estudio del fracaso en generar inflación. Tasas de interés en cero —o incluso negativas— durante casi treinta años, políticas de compra masiva de activos, y una economía atrapada en la deflación. El objetivo era simple: que los precios subieran 2% anual de forma sostenida.
En 2026, ese objetivo ya no es un sueño sino un problema. En junio, el BOJ subió su tasa de referencia al 1%, el nivel más alto desde 1995, según reportó CNBC.
La inflación subyacente japonesa supera ya el objetivo de 2%, y un miembro del consejo del banco propuso en julio llevarla al 1.25%. El yen débil y el efecto acumulado de una economía que por fin tiene demanda interna presionan los precios desde adentro.
El contraste es revelador: Japón sube tasas porque tiene demasiada inflación luego de décadas sin ella; México las mantiene altas porque, aunque la inflación cede, los riesgos de rebrote son reales y el entorno global no da margen para la complacencia.
La Fed
No puede leerse la postura de Banxico sin considerar a la Reserva Federal de EU (Fed). Mientras la Fed no señale recortes claros, reducir la tasa en México implicaría estrechar el diferencial de tasas entre ambos países, lo que presionaría al peso y, por esa vía, encarecería las importaciones y generaría inflación importada. Es la trampa clásica de las economías emergentes: la política monetaria doméstica nunca es del todo soberana.
Aquí reside una de las paradojas del momento: México tiene una inflación que se acerca a mínimos históricos recientes, pero opera en un mundo donde la incertidumbre arancelaria actúa como una bomba de tiempo para los precios de mercancías. Los aranceles sobre productos provenientes de países sin tratado comercial con México aún no han mostrado su efecto completo en el consumidor final.
El fondo del asunto
Lo que revelan los datos de julio es que los bancos centrales, desde Tokio hasta la Ciudad de México, se enfrentan al mismo dilema de fondo: en un mundo donde la cadena de suministro global sigue fragmentada, donde los costos laborales presionan y donde las decisiones de política comercial de Washington generan ondas que cruzan el Pacífico y el Río Bravo, controlar la inflación exige paciencia, no solo herramientas.
México tiene la inflación más baja en seis años. Pero como bien saben los japoneses, los números de un mes rara vez cuentan la historia completa.
