Checo Pérez cumple un sueño
Para Checo, su próxima batalla ya no será por subir a lo más alto del podio ni por hacerse del campeonato; el mexicano más exitoso en la historia de la Fórmula 1 está luchando por consolidar su legado

Con casi 300 carreras en la máxima categoría, Sergio Pérez llega a la casa de Ronald Douglas Johnson, embajador de los Estados Unidos en México, camina y sonríe como pocas veces lo habíamos visto hacerlo. Paco Garza, Presidente de GM de México, sale a recibirlo junto con una nutrida comitiva que lo acompaña, tienen una cita con la historia, pues Cadillac rompe una de sus reglas de exclusividad y lo invitó para presentar una edición especial de la Escalade V Series dedicada a él, de la cual sólo habrá 11 unidades, él sabe que está en la cúspide y su actitud lo refleja.
Viene de tan buen humor que se da tiempo para platicar con tres medios antes de salir a presentar su camioneta, una de las más potentes del planeta, digna de un subcampeón de F1.
Con frescura nos habla de sus próximas batallas, las cuales ya no serán para ganar carreras, sino para sentar las bases de uno de los proyectos más ambiciosos que hayan llegado durante los últimos años a la máxima categoría, y con ello consolidar su legado en el automovilismo.
Su camino ha estado marcado por la presión, las altas expectativas y el peso de representar el sueño de millones de aficionados que encuentran en él un motivo de orgullo. Ha sido desde el chico maravilla de Sauber, hasta el sucesor de Hamilton en McLaren, el mejor del resto con Force India y el Ave Fénix de Racing Point, el Ministro de Defensa de Red Bull, así como el faro que le da luz y dirección a Cadillac.

Se confiesa y comparte que esta nueva etapa tiene una dimensión que va más allá de los resultados inmediatos. Es la oportunidad de demostrar que una carrera deportiva no se define por un solo capítulo, ni que los momentos complicados tienen la última palabra sobre el talento de un atleta de su nivel.
Su actual desafío abre una página distinta: una en la que la experiencia acumulada puede convertirse en una herramienta para construir, enseñar y transformar, porque para él “El hambre sigue ahí y es por lo que continúo en la Fórmula 1”, aseguró.
Sin embargo, hoy Checo ya no está en la etapa de correr sin cobrar, de venir a demostrar que es bueno, y de perseverar para llegar a ser uno de los mejores; es por eso que pudo darse el lujo de elegir el proyecto con el que regresaría a las pistas.
Ni en el mejor de los sueños me hubiera imaginado poder celebrar mi Gran Premio 300 frente a mi país, mi familia, mi afición”, nos dijo con una gran sonrisa.
En esa frase cabe una vida entera: el niño que comenzó persiguiendo un sueño, el joven que dejó todo para salir a buscar oportunidades lejos de casa, comprando un boleto sólo de ida hacia Europa, y el piloto que ahora puede mirar a su gente y reconocer que aquel esfuerzo también les pertenece.
Por fortuna, en medio de todos los sacrificios que ha tenido que hacer, también ha podido construir una familia y es por sus hijos, que Checo no piensa quedarse eternamente en la F1, “como Alonso”.
Ahora con mis hijos más grandes quiero disfrutar mucho con ellos porque sé, y estoy consciente, que al final ya no queda queda mucho, quedan pocos Grandes Premios en casa, que voy a poder disfrutar”.
Después de vivir distintas etapas dentro de la categoría reina del automovilismo, Pérez asume ahora una responsabilidad diferente. No se trata únicamente de competir, sino de aportar su experiencia al desarrollo de un monoplaza, colaborar en la evolución de una estructura deportiva que ayudará a sentar las bases de una escudería que aspira a crecer con el paso del tiempo.
Para cuando Checo Pérez vuelva a ponerse el casco en el Autódromo Hermanos Rodríguez, habrá algo más que un piloto y un automóvil buscando la mejor posición. Veremos la esperanza de todo un país, un mexicano frente a su público, un padre que quiere compartir el momento con sus hijos. Un hombre que ha dedicado buena parte de su vida a perseguir un sueño y que ahora entiende, quizá con más claridad que nunca, que también hay que detenerse a disfrutarlo.