
Se supone que hay que desear y extrañar el verano —léase verano con nuevas memorias, soleado—, así que empecé a investigar por qué, convencida de que encontraría una respuesta que me hiciera sentir mejor por no hacerlo.
Guess what: no solo no la encontré, sino que descubrí que «verano» es un concepto —no palabra— bastante idealizado, con muchos factores en contra en nuestra hermosa realidad mexicana. Aun así, nuestro feed de verano sigue implacable, maravilloso, y aunque quizá no lo decimos, eso pesa: no solo por no sentirnos igual, sino porque ese gozo se siente tan cerca de nuestras pantallas como lejos de nuestra realidad. A ver, no todo es malo y vamos por partes: el objetivo real de cada domingo es desenmascarar creencias y darnos cuenta de que se vale sentir cosas distintas respecto a lo que nos enseñaron que teníamos que sentir.

El mismo regresar a clases a veces se menciona con tono de duelo, como si asumiéramos tristeza automática de que termina algo que quizá para muchos ni siquiera empezó —caso para mis peers Godínez— que rara vez solemos tomar tres semanas de vacaciones y que muy bien nos viene volver a tener a nuestros chicos en una rutina — la única forma de sobrevivir a la nuestra. Como si fuera parte de un secreto a voces, creo que ni siquiera nos hemos preguntado de dónde salió la regla de tener que extrañar una idea o un concepto sobrevalorado.
Porque literal, es esto: conceptos y normas aprendidas. Ciertas cosas que la cultura decide que debemos experimentar en ciertos momentos —tristeza en un funeral, alegría en una boda, nostalgia cuando el verano se acaba— y las aprendemos tan temprano que dejan de sentirse como nuestras, o quedamos fuera de lugar si lo que vivimos es distinto a lo que el guion exige. Y es que aprendimos que deben sentirse naturales y spoiler alert, no lo son.

Otra cosa es que crecimos y lo que muchas veces extrañamos no es este verano. Es el que recordamos cuando éramos chicos, cuando dos meses se sentían inmensos y cada día tenía algo nuevo que archivar en nuestra memoria, esta abundancia de «primeras veces» que dejaron de ocurrir. De adultos, el verano compite contra el mismo piloto automático que el resto del año: trabajar, resolver, repetir. No es que este verano sea peor. Es que ya no tenemos muchas herramientas para competir.
Y es que ese verano que vemos siempre es fun y sol, nunca lo de aquí. Entonces creo que la culpa no es nuestra por no sentir lo que se supone; es del molde, que nunca estuvo hecho a la medida adulta. Y menos aún si eres de estos lares. Porque el verano que se supone que hay que extrañar ni siquiera es el que se vive en México: acá junio y julio son lluvia por las tardes y tráfico varado, no luz dorada constante. La mitad del país ni siquiera sale de vacaciones —sabemos que no por falta de ganas, sino de dinero— y cuando los niños están en casa, el gasto familiar sube en vez de bajar, y este balance del que hablamos y que siempre buscamos: antes era complicado, hoy es inexistente. Extrañar «ese» verano sería extrañar algo que, aunque haya sido, hoy ya no es.

Así que no. Está bien no extrañarlo. No extrañarlo no es frialdad ni ingratitud — es simplemente negarse a rentar una nostalgia ajena. La salud mental real no es sentir lo que toca sentir; es sentir lo que de verdad hay. Y lo que hay, para muchas, es infinito alivio. O nada. Quizá solo ganas de que empiece septiembre y mandar a los chicos al colegio —¿lo dije o lo pensé?