¿Está temblando más en el mundo en 2026? Qué dicen los datos y por qué parece lo contrario
Pese a los sismos recientes, la actividad sísmica en 2026 está por debajo del promedio histórico. Te explicamos qué dicen los datos y por qué cambia la percepción.

La percepción de que la Tierra se sacude con mayor violencia y frecuencia se ha generalizado tras la reciente cadena de sismos en Venezuela, Colombia, Perú, Indonesia, Tonga, Filipinas y Japón. Sin embargo, los registros de la era instrumental contradicen esta sensación: la actividad sísmica global en 2026 se mantiene por debajo del promedio anual.
¿Está temblando más en el mundo?
De acuerdo con Jocelyn Vargas, especialista en prevención sísmica y CEO de Vase Sísmica, la sensación de un planeta más activo responde a la inmediatez mediática y no a un incremento real en la sismicidad. Tras una revisión estadística de los registros desde que comenzó la era instrumental hace aproximadamente 100 años para sismos de magnitud 5, 6 y 7, la especialista señala que “en 2026 ni siquiera estamos en la media anual; este año todavía estamos como en 12”.
Vargas, ingeniera industrial y entusiasta de las geociencias, puntualiza que el año con mayor actividad global fue el 2000, tanto en México como a nivel internacional. Según explica la experta, la atención mundial se disparó a raíz del sismo de junio en el norte de Venezuela —que dejó más de 5 mil 500 víctimas mortales—, seguido al poco tiempo por el terremoto de magnitud 7.4 en el departamento del Chocó, Colombia, que causó 314 muertes y destruyó más de 30 mil viviendas.
A este impacto se añade el papel de la tecnología en tiempo real. La especialista recuerda que, por ejemplo, en Venezuela sonaron alertas sísmicas automáticas en teléfonos Android que permitieron a la población evacuar con algunos segundos de anticipación, lo que refuerza la visibilidad constante de estos fenómenos.

"No hay ningún evento natural que sea un desastre"
Frente a la costumbre de calificar a los terremotos como catástrofes naturales, Vargas subraya una premisa técnica: “No hay ningún evento natural que sea un desastre. El desastre nosotros como seres humanos lo provocamos al no tener información suficiente, al no aplicar esa información, sobre todo hoy con tanta tecnología, y no aplicarla de manera correcta”.
La especialista señala que el caso de Venezuela es un ejemplo de cómo la falta de metodologías de construcción, la ausencia de reglamentos, la carencia de estudios previos de suelo y el nulo monitoreo estructural derivaron en miles de fallecidos y desaparecidos, un escenario que advierte que seguirá repitiéndose en países como Colombia mientras no se apliquen normatividades estrictas.
Asimismo, Vargas enfatiza que, en términos económicos y políticos, el costo de reconstrucción tras una tragedia resulta considerablemente más alto que la inversión en monitorear estructuras vulnerables en zonas de alta sismicidad.
Bajo esta perspectiva, la experta indica que la verdadera mitigación del riesgo no consiste únicamente en capacitar o certificar a cuerpos de rescate como los Topos —reconocidos internacionalmente por sus herramientas y técnicas para salvar vidas frente a estándares del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS)—, sino en actuar antes para impedir que los edificios colapsen.
Es bueno que haya sismos porque se rompen las placas
Como advierte la especialista, los movimientos telúricos son los únicos eventos naturales sin un patrón específico y “nunca van a dejar de suceder”. Vargas resalta que hoy se observan más sismos intraplaca —movimientos al interior del territorio que no siempre coinciden con los límites de las grandes placas tectónicas— en puntos donde antes no se consideraba riesgo o no llegaba la red de monitoreo, como Nuevo León, Chihuahua o Nueva York. “Recordemos que la Tierra es un eje dinámico y que realmente no sabemos cuál es su comportamiento hasta que lo experimentamos”, reflexiona.
Tener sismos tan grandes quiere decir que se están rompiendo las placas. Es decir, es bueno que esto suceda porque hay zonas donde hay una acumulación de esfuerzos. Mirémoslo como si fuera una liga que se está estirando; cuando sucede un evento sísmico, se rompe”.
El riesgo crítico ocurre en las llamadas “zonas ciegas”, como la costa de Perú, que suma más de 60 años sin un sismo de gran escala. Según detalla Vargas, las placas en este punto siguen acumulando tensión sin romperse, por lo que la comunidad científica proyecta que, al fracturarse esa resistencia, se liberará energía suficiente para generar un terremoto de al menos magnitud 8.8.
Los países a la vanguardia en prevención
Para la CEO de Vase Sísmica, la clave para reducir pérdidas radica en la tecnología aplicada y la regulación en tiempo real, destacando tres modelos internacionales:
Japón: La especialista lo sitúa a la vanguardia mundial por su desarrollo tecnológico, protocolos ante tsunamis, monitoreo permanente y normativas estrictas de diseño estructural.
California (EU): Vargas destaca que ha integrado las mejores prácticas japonesas e internacionales en materia de monitoreo de estructuras, aplicaciones móviles y emisión de reportes en tiempo real.
Chile: Es considerado por la experta como otro de los países de la región con mayor preparación técnica y normativa frente a los movimientos de gran escala.