Enzo Ferrari y su etapa como piloto: Preludio de la leyenda
Antes de construir su imperio, el italiano tuvo una trayectoria de casi doce años como semiprofesional.

Cuando hablamos de Enzo Ferrari, lo primero que llega a nuestra mente es el imperio que creó, tanto en el automovilismo como en la industria automotriz, en gran parte de la segunda mitad del siglo XX, y que hoy por hoy se refleja en el prestigio del fabricante italiano que lleva su apellido.
Pero antes de convertirse en el empresario y la mente brillante detrás del desarrollo de los autos deportivos, y sus motores, más famosos a escala internacional, Enzo tuvo una etapa productiva como piloto semiprofesional, misma que duró poco más de una década, pero que le ayudó a forjar un nombre dentro de la industria italiana.
Así inició su historia
Tras servir en la Primera Guerra Mundial y ser rechazado por FIAT por esta razón, Ferrari ingresó, en 1919, a Costruzioni Meccaniche Nazionali (C.M.N), un pequeño fabricante en el que su labor era la de piloto de pruebas, aunque en octubre de ese año logró inscribirse a la carrera de Parma a Poggio di Berceto, en la que culminó quinto en su categoría, así como a la famosa Targa Florio.
El vehículo que condujo fue el 15/20 HP, que generaba 36 caballos de fuerza, el cual se le acredita como el primero que manejó a este nivel. Al año siguiente, Enzo tuvo un breve paso por Isotta Fraschini, con el que logró un podio general, también en la Parma-Poggio di Berceto, justo antes de ser invitado por Alfa Romeo para manejar uno de sus coches de moda, el 40/60.
Una victoria en una de las categorías de la Targa Florio de 1920 y ser segundo general le permitieron convertirse en miembro oficial de la agrupación de Milán, haciendo mancuerna con Ugo Sivocci, quien le ayudó a ingresar en C.M.N.
Fue durante esta etapa cuando nació el universalmente reconocible Cavallino Rampante, emblema utilizado por el piloto de guerra Francesco Baracca, quien siempre llevaba a un equino pintado en la parte lateral su avión de batalla.
Por desgracia, murió a manos de un contingente austrohúngaro; por fortuna, cinco años después, los padres de Francesco conocieron a Enzo tras ganar una carrera en Ravenna y la madre del héroe de guerra le ofreció usar al caballo como amuleto de la buena suerte.

Vaya que funcionó, porque Ferrari ganó carreras como la Coppa Acerbo de 1924 en Pescara, una que consideró la más importante de su trayectoria porque derrotó a marcas y pilotos del extranjero, como Mercedes-Benz, además de ser un circuito de 27 kilómetros de extensión.
De hecho, fue la única competencia de este corte en la que participó, luego de desertar del Gran Premio de Europa en Lyon, Francia, poco después, para encontrar estabilidad emocional, en especial por su relación marital con Laura.
Después de tomarse un descanso largo entre 1925 y 1926, en parte por su situación personal y también debido a la muerte de sus amigos Sivocci y Antonio Ascari, Ferrari regresó en 1927, ganando en los circuitos de Alessandria y Modena en varias ocasiones en el resto de la década, al tiempo de consolidarse como representante de Alfa Romeo.

En 1929 se convirtió en Director Deportivo de la marca milanesa y combinó su papel de liderazgo con el de piloto, por lo que su último triunfo lo obtuvo el 14 de junio de 1931, en la carrera Bobbio-Penice, en la que manejó un Alfa Romeo 8C 2300 MM, de 155 caballos de fuerza. La llegada de su hijo Dino hizo que Enzo se retirara el 9 de agosto de 1931 tras competir en el Circuito de las Tres Provincias (Boloña, Pistoia y Módena).
A finales de 1929 fundó la que hoy conocemos como la Scuderia Ferrari, una que al año siguiente logró su primera victoria en la carrera Trieste-Opicina y que desde entonces se convirtió en el gran referente a escala internacional. Sería en 1947 cuando empezó a operar Ferrari S.p.A., la división automotriz, cuando lanzó el modelo 125 S.