Historia de la Casa de los Azulejos: De la rebeldía nobiliaria al café con enchiladas

Conoce la historia de la Casa de los Azulejos en la CDMX. Descubre sus leyendas novohispanas, su arquitectura y su transformación a Sanborns.

Historia de la Casa de los Azulejos
Historia de la Casa de los AzulejosGobierno CDMX

Conoce la historia de la Casa de los Azulejos, un sitio que pasó de la rebeldía nobiliaria al café con enchiladas clásico del Centro Histórico de la CDMX. 

Se trata de un organismo cultural que ha transitado victorioso por la dominación española, la agitación del México independiente, la aristocracia del Porfiriato, la efervescencia de la Revolución Mexicana y la modernidad comercial de los siglos XX y XXI.

También conocido como el Palacio de los Condes de Orizaba, la Casa de los Azulejos se ubica en la antigua calle de San Francisco, hoy en día, la avenida peatonal Francisco I. Madero número 4.

Su fachada, recubierta casi en su totalidad por miles de azulejos de Talavera poblana en tonos azul cobalto, blanco y toques de amarillo y verde, desafía la sobriedad del tezontle rojo y la cantera gris que caracterizan al resto de las edificaciones virreinales del cuadro principal de la capital. 

El edificio encierra un relato donde la opulencia, las tensiones de linaje, las tragedias pasionales, la transformación del espacio público y la reapropiación del patrimonio cultural por parte de la vida cotidiana se entrelazan de forma inseparable.

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Los orígenes virreinales de la Casa de los Azulejos

Para rastrear los cimientos primigenios de la Casa de los Azulejos, es indispensable remontarse a las primeras décadas posteriores a la caída de Tenochtitlan en 1521. La propiedad sobre la que hoy se erige el palacio estuvo originalmente fraccionada en dos casas solariegas independientes: una de ellas perteneció a la familia de Don Antonio de Mendoza y Pacheco, el primer virrey de la Nueva España, mientras que la otra fue adquirida por Don Damián Martínez, un vecino de la capital.

Hacia el año de 1596, Doña Graciana Suárez Peredo, heredera de los títulos y bienes asociados a una de estas fincas, contrajo matrimonio con Don Rodrigo de Vivero y Velasco. Este último ostentó cargos de alta relevancia, como gobernador de Filipinas y primer Conde de Valle de Orizaba, un título nobiliario concedido formalmente por el rey Felipe III en 1627.

La unificación de ambas propiedades bajo el dominio de la familia Vivero y Suárez Peredo sentó las bases para la creación de una residencia señorial de dimensiones extraordinarias, cuyo frente abarcaba tanto la calle de San Francisco como el callejón que más tarde adoptaría el nombre de la Condesa.

A inicios del siglo XVIII, el edificio sufrió su metamorfosis más radical con una remodelación entre 1735 y 1737. La obra fue encargada por la quinta Condesa de Orizaba, Doña María Graciana Vivero de Velasco y Zúñiga, en colaboración con su hijo. 

Esta intervención sustituyó las fachadas tradicionales por un recubrimiento integral de cerámica vidriada que desafió los cánones constructivos de la época virreinal. El objetivo fue demostrar la superioridad socioeconómica de los Condes de Orizaba frente a otras casas nobiliarias de la capital; así como resolver problemas estructurales de humedad que afectaban los muros colindantes.

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La leyenda de la Casa de los Azulejos 

La tradición oral atribuye el recubrimiento de la Casa de los Azulejos a una disputa entre el quinto Conde de Orizaba y su hijo, Don Luis de Vivero. Según el relato, el joven heredero llevaba una vida disipada, licenciosa y alejada de las responsabilidades financieras de la familia, lo que provocaba la constante recriminación de su progenitor.

La leyenda cuenta que, tras una acalorada discusión motivada por los desmanes del joven, el Conde le espetó a su hijo una frase despectiva que se volvería célebre en la jerga mexicana: "¡Tú nunca harás casa de azulejos, ni pondrás casa de azulejos!", una expresión equivalente a augurar un futuro de fracaso e incapacidad para construir algo de valor duradero. 

Picado en su orgullo por la afrenta paterna, el joven Don Luis habría sentado cabeza, asumido la administración de sus negocios y, al heredar el título, contratado a los mejores maestros alfareros de Puebla para cubrir la totalidad de la fachada del palacio familiar con azulejos, demostrando de forma ostentosa su triunfo sobre las predicciones de su padre.

Si bien la historiografía rigurosa sugiere que la iniciativa de la remodelación correspondió principalmente a la quinta condesa Doña María Graciana en su etapa de viudez, la leyenda posee un valor sociológico, pues refleja el imaginario colectivo de una sociedad novohispana obsesionada con el honor, las herencias y el valor simbólico de la arquitectura. 

La Casa de los Azulejos en el Porfiriato

Con la consumación de la Independencia de México en 1821 y la posterior abolición de los títulos nobiliarios decretada por los gobiernos republicanos, la dinastía de los Condes de Orizaba comenzó a perder paulatinamente el control del inmueble. 

Durante gran parte del siglo XIX, la casa atravesó un periodo de fragmentación y arrendamientos diversos. Sirvió como residencia particular de diplomáticos extranjeros, sede de tertulias políticas e incluso albergó despachos comerciales, sufriendo cierto deterioro en sus acabados interiores debido a la falta de un programa de mantenimiento integral.

En 1881, en el auge del Porfiriato, el inmueble fue alquilado por el Jockey Club de México, la asociación social más influyente de la élite política, bancaria y terrateniente de la época, vinculada al presidente Porfirio Díaz.

Con la caída del régimen porfiriano y la entrada de las tropas revolucionarias a la Ciudad de México, el Jockey Club fue clausurado. En diciembre de 1914, durante la ocupación de la capital por las fuerzas campesinas de Emiliano Zapata y Francisco Villa, el inmueble fue confiscado y entregado temporalmente a la Casa del Obrero Mundial, la organización sindical más relevante de la época.

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La Casa de los Azulejos como Sanborns y monumento histórico

Walter y Frank Sanborn vieron en la Casa de los Azulejos la oportunidad perfecta para consolidar un concepto comercial innovador: una tienda departamental que combinara farmacia, droguería, tabaquería, tienda de regalos y un restaurante de alta concurrencia. 

Tras arrendar el inmueble en 1917 y adquirirlo formalmente poco después, emprendieron una ambiciosa restauración de dos años bajo la supervisión del arquitecto Paul V. Murray y de las autoridades de Conservación de Monumentos.

El 29 de noviembre de 1919, la Sanborns Drug Store en la Casa de los Azulejos abrió sus puertas oficialmente. La operación comercial no destruyó el edificio; por el contrario, proveyó el flujo financiero necesario para garantizar la preservación estructural de la joya barroca a lo largo de todo el siglo XX.

La Casa de los Azulejos es relevante por su diseño interior, un patio cuadrangular, flanqueado por columnas monolíticas de cantera fina esculpidas con capiteles barrocos de orden compuesto. Las arquerías del primer nivel sostienen una galería superior cuyo piso conserva mosaicos y barandales de madera tallada. 

Las paredes del descansillo de la gran escalera principal albergan una de las obras cumbres de la pintura mural mexicana: el mural titulado "Omnisciencia", realizado en 1925 por el célebre pintor jalisciense José Clemente Orozco.

Además del mural de Orozco, el interior conserva valiosos frescos decorativos atribuidos al pintor florentino Pacqualino Romanelli, así como escudos heráldicos de la familia Vivero esculpidos en piedra. 

La cuidada integración de estos elementos artísticos motivó que el edificio fuera declarado Monumento Nacional mediante decreto oficial el 9 de febrero de 1931, otorgándole la máxima protección jurídica frente a alteraciones arquitectónicas o especulación inmobiliaria.

 

Hoy en día, la Casa de los Azulejos es el testimonio vivo de la resiliencia urbana de la Ciudad de México: un palacio noble que logró reinventarse sin perder su alma, donde el arte barroco, la vanguardia muralista y la vida popular cotidiana coexisten en un abrazo imperturbable a través de los siglos.

mgid