¿Consumo interno o T-MEC? De esto dependerá el crecimiento de México
La economía mexicana llega a mediados de 2026 con una paradoja en materia económica

Por dentro, la demanda interna muestra señales de debilidad; por fuera, el reacomodo proteccionista de Estados Unidos podría mejorar, al menos marginalmente, la posición relativa de México frente a varios competidores asiáticos. La coyuntura exige leer ambos planos juntos, porque el crecimiento dependerá menos de un solo motor y más de la coordinación entre consumo, inversión, tipo de cambio y comercio exterior.
El primer dato relevante es que el consumo privado, aunque repuntó 1.2% mensual en marzo con cifras desestacionalizadas, habría caído 0.8% durante el primer trimestre. No es una señal de desplome, pero sí de pérdida de tracción. Los hogares siguen consumiendo, especialmente bienes importados y servicios, pero el avance ya no tiene la intensidad que permitiría hablar de expansión robusta. La mejora esperada descansa en ingresos reales más favorables y menores tasas reales de interés. Ese alivio puede sostener el gasto, aunque difícilmente bastará para acelerar por sí solo la actividad.
La inversión cuenta una historia similar. En marzo avanzó apenas 0.4% mensual, apoyada por maquinaria y equipo, pero en el primer trimestre cayó 3.3% anual con cifras originales. La construcción, en especial la residencial, continúa siendo un punto débil. Este patrón sugiere que la inversión podría estar tocando piso, no que haya iniciado una recuperación vigorosa. La diferencia es crucial: tocar piso estabiliza el ciclo; una recuperación vigorosa lo cambia. Por ahora, el escenario parece más cercano a una normalización lenta, dependiente de menor incertidumbre, mejores condiciones financieras y cierta recuperación de la inversión pública.
A esa cautela se suma el ánimo empresarial. La confianza de los negocios se mantiene en terreno pesimista: el indicador empresarial se ubicó en 48.2 puntos en mayo, por debajo del umbral de 50 por décimo quinto mes consecutivo, mientras el PMI manufacturero regresó a zona de contracción con 49.2 puntos. Estos datos importan porque la inversión no responde únicamente a tasas de interés o demanda esperada; también depende de la percepción de reglas, certidumbre institucional y horizonte de rentabilidad. Sin confianza, la recuperación del capital suele ser parcial.

El frente externo ofrece un matiz distinto. Estados Unidos busca sustituir esquemas arancelarios previos por una propuesta bajo la Sección 301, asociada al argumento de bienes producidos con trabajo forzado. La medida aún está en consulta. Pero su diseño importa. México quedaría en el grupo de menor tasa nominal, 10%, mientras países como China, Vietnam, India, Japón y Corea del Sur enfrentarían 12.5%. Además, los bienes que cumplen reglas de origen del T-MEC quedarían exentos, al igual que ciertos productos sujetos a otros regímenes o enlistados en exclusiones específicas.
Por eso, la tasa nominal no dice lo esencial. La métrica clave es el arancel efectivo: cuánto se paga realmente respecto de las importaciones. México registró un arancel efectivo de 3.4% en marzo, frente a 23.1% para China. La razón es estructural: sólo 5.9% de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos estaría en la base gravable relevante, contra 74.5% en el caso chino. En la práctica, el T-MEC funciona como escudo frente al nuevo proteccionismo estadunidense.
Esto no significa que México tenga garantizado un auge exportador. Significa algo más preciso: ante un entorno de fricciones comerciales, México conserva una ventaja relativa por integración regional, reglas de origen y cercanía productiva. Esa ventaja puede atraer demanda e inversión, pero sólo si la economía interna ofrece condiciones para absorberla: infraestructura, energía suficiente, seguridad, financiamiento y reglas previsibles.
El peso refleja esta combinación de fragilidad interna y atractivo financiero. A pesar de riesgos asociados a la revisión del T-MEC y al perfil crediticio soberano, se ha mantenido resiliente, apoyado por diferenciales de tasas y apetito por activos emergentes. Pero un tipo de cambio fuerte no sustituye productividad; sólo abarata importaciones mientras los fundamentos lo permitan.
La conclusión es sencilla: México tiene una ventana, no una garantía. La demanda interna mejora lentamente, la inversión apenas se estabiliza y la confianza empresarial sigue rezagada. Al mismo tiempo, el T-MEC ofrece protección relativa en medio del proteccionismo estadunidense. Convertir esa ventaja coyuntural en crecimiento sostenido dependerá de transformar certidumbre comercial en inversión productiva. Esa es la diferencia entre beneficiarse pasivamente del entorno externo y construir una estrategia de desarrollo.
