Economía mexicana: Cuando crecer poco puede empezar a costar mucho
La revisión de S&P, que cambió la perspectiva a negativa, debe leerse como una advertencia temprana

México no enfrenta para nada una crisis fiscal, pero sí enfrenta un problema que empieza a resultar incómodo, aunque manejable: una pérdida gradual de margen. La revisión de S&P, que mantuvo la calificación soberana en BBB, pero cambió la perspectiva a negativa, debe leerse como una advertencia temprana. No anticipa una pérdida inmediata del grado de inversión: advierte que la combinación de bajo crecimiento, déficits persistentes y mayor deuda empieza a levantar cuestionamientos sobre la trayectoria fiscal futura.
El punto central es sencillo. Una economía puede sostener niveles moderados de deuda si crece, recauda más y conserva confianza. Pero cuando el crecimiento se debilita, cada peso adicional de endeudamiento pesa más. Con menor expansión del PIB, el denominador avanza lentamente; los ingresos públicos crecen poco; y el gasto rígido deja menos espacio para ajustar sin afectar inversión, servicios o programas sociales.
Los datos permiten ver el tamaño del reto. Para 2026 se anticipa un crecimiento cercano a 1.3% y para 2027 de 1.8%. Al mismo tiempo, los requerimientos financieros del sector público se ubicarían alrededor de 4.3% del PIB en 2026 y 4.6% en 2027. La deuda pública amplia pasaría de 58.1% del PIB en 2025 a 60.5% en 2026 y 61.6% en 2027. No son para nada cifras explosivas, más si se comparan con lo que se ve en los países desarrollados, pero sí muestran una trayectoria ascendente en una economía que crece poco. La clave no es sólo el nivel de deuda, sino la dificultad para estabilizarla cuando el crecimiento potencial parece insuficiente.
Por eso las calificadoras miran más allá del saldo contable. S&P señaló riesgos asociados a una consolidación fiscal lenta, crecimiento débil, gasto rígido y presiones provenientes de empresas públicas, especialmente Pemex y CFE. También proyecta que el déficit del gobierno general podría ubicarse en 4.8% del PIB en 2026 y que la deuda neta avance hacia 54% del PIB en 2029. La preocupación no es sólo cuánto debe México, sino cuánto espacio conserva para reaccionar ante un choque externo o una desaceleración más profunda.
Las causas del deterioro son varias. La primera es el bajo crecimiento: México lleva años con una expansión insuficiente para transformar su base productiva y elevar la recaudación. La segunda es la presión del gasto público: pensiones, programas sociales, intereses y apoyos a empresas estatales reducen la flexibilidad presupuestaria. Pemex se ha convertido en una presión fiscal relevante: para 2026, el Paquete Económico prevé cerca de 2.6% del gasto público total proyectado. El problema no es sólo contable, sino de costo de oportunidad: recursos que podrían financiar salud, infraestructura o inversión productiva se destinan al sostenimiento de Pemex.

La tercera es la debilidad de la inversión pública productiva. Si el ajuste fiscal recae sobre infraestructura, el país puede mejorar el déficit de corto plazo, pero sacrificar crecimiento futuro. La cuarta es la incertidumbre institucional y externa, incluida la renegociación del T-MEC, que puede retrasar inversión privada aun cuando exista una oportunidad real de nearshoring.
Las consecuencias deben verse sin dramatismo. Una perspectiva negativa no encarece automáticamente toda la deuda, aunque sí aumenta la sensibilidad de los mercados ante malas noticias. Si la percepción de riesgo sube, el gobierno debe pagar mayores tasas para financiarse. Eso eleva el costo financiero y reduce recursos disponibles para inversión, seguridad, salud o educación. Además, una degradación futura podría afectar a empresas mexicanas, bancos y Pemex, porque muchas calificaciones privadas están vinculadas al riesgo soberano.
El riesgo mayor es entrar en un círculo de bajo crecimiento y menor espacio fiscal. Si la economía crece poco, se recauda poco; si se recauda poco, el ajuste se vuelve más difícil; si el ajuste se percibe insuficiente, suben las primas de riesgo; y si suben las tasas, aumenta el costo de la deuda. No es una espiral inevitable, pero sí una dinámica que debe prevenirse.
México todavía conserva fortalezas importantes: banco central creíble, tipo de cambio flexible, acceso a mercados, integración exportadora y una posición externa manejable. Fitch mantiene la nota en BBB- con perspectiva estable, aunque ese nivel ya corresponde al último escalón del grado de inversión. El FMI también ha subrayado que la consolidación fiscal será clave para preservar sostenibilidad, con deuda pública cercana a 58% del PIB.
La salida no es aplicar un recorte indiscriminado. Es construir una ruta fiscal creíble: elevar ingresos no petroleros, revisar gasto rígido, transparentar apoyos a Pemex, proteger inversión productiva y fortalecer certidumbre institucional. El mensaje de fondo es claro: México no está al borde de perder la estabilidad, pero sí debe demostrar que puede crecer más y ordenar sus finanzas antes de que la estabilidad se vuelva más cara.