Celulares en las escuelas: ¿deben prohibirse o regular su uso en los niños?
¿Deben prohibirse los celulares en las escuelas? Emily Chávez explica por qué la tecnología puede ayudar sin sustituir habilidades esenciales en los niños.

¿Deben prohibirse los celulares en las escuelas? Para Emily Chávez, especialista en temas parentales y tecnología, la respuesta no está en tomar una decisión radical, sino en encontrar un equilibrio entre la tecnología que puede ayudar a los niños a aprender y aquellas habilidades que ninguna pantalla debería sustituir.
En entrevista para ¡Qué tal Fernanda!, en Imagen Radio, Chávez habló sobre el lugar que deberían ocupar los celulares, las tabletas, las redes sociales y hasta la inteligencia artificial en la vida de niñas y niños.
Su visión parte de una realidad difícil de ignorar: la tecnología ya está dentro de las aulas, por lo que el reto también está en aprender a utilizarla sin quitar experiencias como escribir, recortar, construir o simplemente equivocarse y volver a intentar.

La conversación se da mientras México discute qué hacer con los dispositivos digitales en las escuelas. La Secretaría de Educación Pública (SEP) realizó una consulta nacional sobre su uso y regulación, en la que participaron más de un millón de maestras y maestros de Educación Básica de más de 200 mil escuelas de las 32 entidades del país.
El ejercicio se llevó a cabo durante la fase intensiva del Consejo Técnico Escolar, antes del inicio del ciclo escolar 2026-2027, para conocer la opinión de los docentes sobre cómo debería resolverse el uso de estos dispositivos en las escuelas.
Para Chávez, la respuesta no pasa por sacar toda la tecnología de las aulas.
“No creo que sea un blanco o un negro, un tenemos que eliminar las tabletas”, señaló.

¿Deben prohibirse los celulares en las escuelas?
Hablar de celulares, tabletas y computadoras como si fueran exactamente lo mismo puede ser uno de los primeros errores dentro de esta conversación.
Una computadora o tableta utilizada para actividades escolares puede dar acceso a correos electrónicos, ejercicios, juegos educativos y otras herramientas bajo los controles establecidos por la propia escuela. Un celular personal, en cambio, abre una discusión diferente.
“Es diferente una tableta de trabajo o una Chromebook o una computadora que un celular. Un celular no lo necesitan”, sostuvo Chávez.
La especialista considera que durante un día de clases ya existe una institución responsable de los estudiantes y la manera de comunicarse con las familias ante una emergencia. Si un niño se siente mal, por ejemplo, la escuela puede contactar directamente a los papás.
Desde esta perspectiva, limitar el teléfono personal dentro de los planteles no necesariamente significa sacar toda la tecnología del salón de clases.

¿Las pantallas pueden afectar el aprendizaje de los niños?
Una de las preocupaciones planteadas por Chávez está en aquello que puede perderse cuando muchas actividades físicas comienzan a ser sustituidas por acciones sobre una pantalla.
Escribir no consiste únicamente en conseguir que aparezcan palabras. Tomar un lápiz, borrar después de cometer un error, recortar, dibujar una figura con una regla, pegar piezas o manipular plastilina involucra movimientos y experiencias distintas a tocar, arrastrar o copiar y pegar elementos digitalmente.
“Tenemos que seguir jugando con tierra, con lodo, con plastilina”, resumió la especialista.
Su postura no plantea abandonar las herramientas digitales, sino evitar que desplacen experiencias físicas que también forman parte del desarrollo de los niños.
Una actividad puede realizarse más rápido en una pantalla, pero rapidez y aprendizaje no siempre significan lo mismo. En ocasiones, precisamente el proceso de equivocarse, borrar y volver a intentarlo también forma parte de aprender.

¿Cuál es la diferencia entre usar un celular, una tableta o una computadora en la escuela?
La diferencia no está únicamente en el tamaño de la pantalla, sino en el uso que se hace de cada dispositivo.
Chávez explicó que existen escuelas donde los alumnos trabajan con computadoras o tabletas configuradas para determinadas actividades, como utilizar correo electrónico, realizar ejercicios o usar aplicaciones educativas.
Esto no significa necesariamente que los estudiantes tengan acceso libre a redes sociales, buscadores, inteligencia artificial o cualquier sitio de internet durante las clases.
Por eso, tener una pantalla en el salón no es lo mismo que permitir el uso sin control de un celular personal. La pregunta fundamental tendría que ser para qué se utiliza esa tecnología y qué aporta al aprendizaje.
Inteligencia artificial en las escuelas: ¿cómo usarla sin dejar de pensar?
La inteligencia artificial agrega otra capa a la discusión. Ignorar su existencia o intentar mantenerla completamente fuera de las aulas tampoco parece una solución realista ante una tecnología que probablemente acompañará a los estudiantes durante su vida académica y profesional.
Para Chávez, las escuelas necesitan aprender a incorporar estas herramientas, pero sin permitir que sustituyan una capacidad fundamental: pensar.
“Es importante que las escuelas aprendan a utilizar la inteligencia artificial, pero también necesitan desarrollar este pensamiento crítico”, señaló.
Esto implica que los estudiantes no se limiten a aceptar una respuesta porque apareció en una pantalla. También necesitan cuestionar, argumentar, recibir retroalimentación y ser capaces de explicar cómo llegaron a determinada conclusión.
La tecnología puede facilitar tareas y abrir nuevas posibilidades educativas, pero pierde parte de su valor si el alumno deja de preguntarse por qué una respuesta es correcta o incorrecta.
“Sería absurdo pararnos en esta evolución humana, pero sí necesitamos poder contener esta rapidez”, consideró Chávez.

Redes sociales en niños: la responsabilidad también está en los padres
La conversación sobre tecnología y menores tampoco termina en la puerta de la escuela.
Chávez llamó la atención sobre una práctica que comienza desde casa: padres que modifican la edad de sus hijos para permitirles abrir perfiles en plataformas que establecen edades mínimas de acceso.
En ocasiones, detrás de esta decisión está el temor de que los niños queden fuera de aquello que hacen sus amigos o compañeros. Sin embargo, para la especialista, esa presión social no elimina la responsabilidad de los adultos.
“No nada más hay que hablar de la parte adictiva [...] sino tenemos que enfocarnos también un poquito y resaltar esta negligencia parental”, advirtió.
Su planteamiento pone otra responsabilidad sobre la mesa: no es posible pedir únicamente a las escuelas o a las plataformas que establezcan límites para proteger a los menores mientras desde casa se buscan maneras de evadirlos.
¿Tecnología o lápiz y papel? Los niños necesitan aprender en ambos mundos
El debate sobre celulares y dispositivos digitales puede caer fácilmente en dos extremos: pensar que toda pantalla perjudica a los niños o asumir que, porque crecerán en un mundo tecnológico, cualquier actividad digital necesariamente los prepara mejor para el futuro.
La conversación con Chávez plantea un punto intermedio: enseñarles a desenvolverse en ambos mundos.
Los niños necesitarán aprender a utilizar herramientas digitales y probablemente convivirán con la inteligencia artificial durante buena parte de su vida. Pero también necesitan escribir, manipular objetos, crear con sus manos, equivocarse y desarrollar criterios propios para decidir cuándo una herramienta realmente les sirve.
Quizá por eso la discusión no tendría que quedarse únicamente en si los celulares deben prohibirse o permitirse dentro de las escuelas, también habría que preguntarnos qué queremos que ocurra cuando una pantalla se enciende frente a un niño: que haga las cosas por él o que le ayude a aprender a hacerlas mejor.