Mi hija está lista para la escuela, no sé si yo estoy listo para soltarla
El inicio del ciclo escolar también, para muchos papás, es el comienzo de una nueva etapa en la que toca dejar a los hijos crecer.

La paternidad está llena de clichés y frases repetidas. Apenas nacen tus hijos y la gente empieza a soltarte consejos que nadie pidió. La mayoría no me molestaba, pero había una que sí: “Los hijos crecen muy rápido, aprovecha el tiempo”.
Esa frase me irritaba porque cada vez que la escuchaba pensaba, casi con fastidio, que no necesitaba que nadie me recordara disfrutar a mis hijas. “Soy su papá, claro que las voy a disfrutar”, me decía.
Hasta que un día entendí lo que me estaban queriendo decir en realidad. Fue viendo a mi hija mayor con su primer uniforme puesto, que le quedaba un poco grande, y luego comprando sus útiles escolares. Me quedé frío.

Fue entonces cuando entendí que esa frase gastada era más una advertencia que un consejo. Una advertencia no sobre la obviedad de disfrutar el presente, sino sobre lo poco preparado que estoy —y sospecho que estaré siempre— para dejarla ir.
La primera semana de clases se vende como una fiesta de cuadernos nuevos y fotos en la puerta. Para mí se siente como el primer paso hacia su independencia, el momento exacto en que empieza a alejarse de mí. Ahí arranca mi propio duelo como padre: el luto por la etapa en que su mundo entero cabía en mis brazos.
Y ese duelo no es solo nostalgia. Es miedo, sobre todo.
Soltarle la mano en la puerta de la escuela es entregarla a un mundo que no es el que yo hubiera elegido para ella; un mundo que trata mal a las mujeres. Busqué en internet cómo llevar esa primera semana y solo encontré guías para que el niño no llore y haga amigos. Nadie te dice qué hacer con la impotencia ni cómo cargar con el miedo a que le hagan daño el día que tú ya no estés para intentar evitarlo.
Y mientras más se acercaba el día, más le daba vueltas a la misma pregunta: ¿le habré dado las herramientas para defenderse allá afuera? Honestamente, no del todo. Y no solo porque nadie está nunca listo para lo dura que puede ser la vida, sino también porque protegerla de todo le quitaría la oportunidad de hacerse fuerte por su cuenta. No tengo respuestas para un mundo que dejó de ser el mío.

Mi hija parece emocionada por entrar a la escuela, con esa curiosidad innata de quien va a descubrir algo nuevo, y ahí entendí otra cosa: necesita este camino. Necesita hacer sus propios amigos, equivocarse lejos de mi mirada y sentir el orgullo de lograr algo ella sola.
Soltarle la mano en la puerta es entregarla al mundo, pero también es mi primer voto de confianza real hacia ella. Aceptar que, por más que el entorno me asuste, ella puede con esto.
Al final, el duelo no está en verlas crecer. Está en darme cuenta de que criarlas libres implica soltar el control y confiar en que van a saber andar solas, aunque a mí me cueste la vida.
La paternidad está llena de frases gastadas que ahora repito yo también. Ahora sé que molestan justo por eso, porque terminan siendo verdad.