
De niña observaba a los adultos afirmar todo sin titubear. Parecían saber siempre lo que hacían. Hoy estoy segura de que la mitad era actuación y la otra mitad, mera improvisación. Pertenezco a una generación en la que dudar no solo estaba mal visto, sino que equivalía a admitir que no pertenecías al clan. Y como el objetivo principal era mantener las apariencias, la duda tenía que salir de cualquier ecuación que las desmintiera. ¿Cómo por qué cuestionar lo que lleva equis número de años «funcionando»? ¿Funcionando para qué y para quién?
Pero el paso del tiempo no solo nos ha demostrado que eso «funcionaba» a medias, sino que hoy empieza a respirarse una realidad diametralmente opuesta: dudar de la duda. O lo que es lo mismo, cuestionar la idea de que dudar es sinónimo de no saber.

Y claro, la duda en cantidades industriales desata consecuencias que podrían terminar paralizándonos: oh, hello, impostor syndrome. However, vista desde otro ángulo y en dosis más pequeñas, creo que puede representar una pieza clave dentro de un proceso creativo exitoso. E incluyo la palabra «creatividad» porque el proceso de crear, cualquiera que este sea, es, para mí, inherente a la duda. Y no, tampoco es exclusiva del arte: lo creativo existe en cualquier actividad humana.
La aparición de la duda, más que un obstáculo, es la señal de que llegó el momento de pausar, revisar y cuestionar. Según lo que escuché de Del Toro en una entrevista con Javier Ibarreche, esto tiene nombre y apellido: se trata de «interrogar al material», a lo que yo añadiría mantener la duda viva como una revisión continua de todos nuestros procesos. ¿Esto es lo que realmente pienso? ¿Voy por el camino correcto? Tachar, borrar, reemplazar y avanzar. Evaluar y ajustar: así se va puliendo y aprendiendo. El arte de conservarnos estudiantes y mantener los pies en la tierra.

Sin ir más lejos, esta columna es el ejemplo perfecto de cómo dudar ha sido la punta de lanza para revisar no solo lo que pasa, sino lo que me pasa (dos cosas radicalmente diferentes). Preguntas como «¿debería hablar más sobre la maternidad o justo este espacio es para dejar de ser mamá y explorar otro camino?» rondan por mi mente todo el tiempo y creo que, lejos de asustarme, me sirven para entender qué puedo hacer distinto cada vez, probarme una vez y reinventarme otra (sin importar cuándo lo leas). Y como no estoy segura de que la duda se vaya a disipar, mejor le sostengo la mirada para mantenerla viva y, con ella, mantenerme resiliente.
Me gusta pensar que this is a two-way street y que cada domingo también puedo sembrar un cuestionamiento distinto. Es más, siendo demasiado optimista, promover lecturas que puedan incentivar a alguien a mirar algo desde una perspectiva distinta. Porque esto no se trata de dudar de nosotros mismos ni de nuestras capacidades. Es aceptar que podemos equivocarnos sin darnos de latigazos, entender que el camino no es lineal y embrace la idea de que la duda comes with the territory y que, sin revisión, no existiría el refinamiento. Conforme avanzamos, mejoramos las piezas, intercalamos ideas y evolucionamos hasta llegar a versiones mejores que las iniciales.

Las cosas no las vemos como son, las vemos como somos. Y si lo que somos es lo único que podemos controlar, entonces significa que podemos ajustar las veces que sean necesarias, mantenernos al volante y en control de cada decisión. Al final, se trata de mantener viva la incertidumbre para encontrar respuestas en donde ni siquiera sabíamos que había preguntas.
