¿Qué son las terapias CAR-T para atacar el cáncer y cómo avanza su investigación en México?
Las terapias CAR-T modifican células del sistema inmune para atacar el cáncer. México ya desarrolla y fabrica estas terapias, pero aún enfrenta varios retos.

Imagina sacar del cuerpo de una persona algunas de sus células de defensa, llevarlas a un laboratorio, modificarlas genéticamente para enseñarles a reconocer el cáncer, multiplicarlas y después devolverlas al paciente convertidas en una especie de ejército especializado.
Esa es, de manera simplificada, la lógica detrás de las terapias CAR-T, una de las formas de inmunoterapia que más ha transformado el tratamiento de algunos cánceres de la sangre durante los últimos años.
Su nombre proviene de Chimeric Antigen Receptor T-cell, o células T con receptor de antígeno quimérico. A diferencia de medicamentos que actúan directamente sobre el tumor, esta estrategia convierte las propias células inmunitarias en el tratamiento.
En países como Estados Unidos, las CAR-T ya se utilizan para determinados pacientes con leucemias, linfomas y mieloma múltiple, especialmente cuando la enfermedad reaparece o deja de responder a otros tratamientos. Para los tumores sólidos, como los de cerebro, pulmón o páncreas, su utilización continúa principalmente en investigación.
En México, mientras tanto, varios grupos científicos intentan dar el salto del laboratorio a la clínica. Y durante los últimos tres años han ocurrido avances importantes.

¿Cómo funciona una terapia CAR-T?
El punto de partida son los linfocitos T, células del sistema inmunitario capaces de identificar y eliminar células infectadas o anormales. El problema es que los tumores pueden desarrollar diferentes mecanismos para pasar inadvertidos o frenar esa respuesta inmunitaria.
Las CAR-T intentan corregir ese problema mediante ingeniería genética.
Primero, los linfocitos T son recolectados de la sangre del paciente mediante un procedimiento llamado aféresis. Después, en el laboratorio, se introduce en esas células información genética para que fabriquen en su superficie un receptor artificial: el CAR.
Ese receptor funciona como un nuevo sistema de reconocimiento. Está diseñado para identificar una molécula determinada presente en las células que se quieren eliminar.

Por ejemplo, algunas de las CAR-T más desarrolladas reconocen CD19, una proteína presente en células B y en diversos cánceres derivados de ellas.
Una vez modificados, los linfocitos se multiplican hasta obtener millones de células, pasan controles de calidad y posteriormente son administrados nuevamente al paciente.
Cuando encuentran una célula que contiene el antígeno para el que fueron diseñados, las CAR-T se activan y la atacan.
Por eso estas terapias suelen describirse como un tratamiento altamente personalizado: en las versiones autólogas, cada lote comienza con las células del propio paciente.
¿Por qué han generado tanta expectativa?
Las CAR-T han conseguido respuestas profundas incluso en algunos pacientes con cánceres hematológicos que habían recaído después de múltiples tratamientos.
Su desarrollo se ha concentrado sobre todo en la leucemia linfoblástica aguda de células B, algunos linfomas y el mieloma múltiple. Sin embargo, no todos los pacientes responden y algunos pueden recaer después de alcanzar una remisión. Entre las razones están la pérdida del antígeno que las CAR-T utilizaban para identificar al tumor o la desaparición y agotamiento de las células modificadas con el paso del tiempo.
La dificultad aumenta en los tumores sólidos. Allí, las células CAR-T tienen que entrar físicamente en una masa tumoral y enfrentarse a un microambiente capaz de frenar al sistema inmunitario.

Por eso una de las grandes áreas actuales de investigación es crear CAR-T que reconozcan más de un blanco tumoral, persistan durante más tiempo o puedan funcionar mejor dentro de tumores sólidos.
Las CAR-T tampoco están libres de riesgos
Modificar y activar al sistema inmunitario con tanta intensidad puede provocar efectos adversos graves.
Uno de los más conocidos es el síndrome de liberación de citocinas, una respuesta inflamatoria que puede causar fiebre elevada, caída de la presión arterial, taquicardia y dificultad para respirar. También pueden aparecer complicaciones neurológicas conocidas como ICANS.
Además, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) ha advertido sobre un riesgo poco frecuente de neoplasias secundarias de células T después del tratamiento y mantiene recomendaciones de vigilancia a largo plazo. No obstante, la agencia considera que, en las indicaciones autorizadas, los beneficios continúan superando los riesgos.

Esto explica por qué las CAR-T requieren hospitales especializados, laboratorios capaces de fabricar productos celulares bajo controles estrictos y equipos médicos entrenados para atender posibles complicaciones.
Y justamente ahí aparece uno de los principales desafíos para México.
México ya comenzó a fabricar células CAR-T
Uno de los avances más concretos ocurrió en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL).
En febrero de 2023, Cofepris autorizó al Hospital Universitario “Dr. José Eleuterio González” la importación de un vector lentiviral para comenzar el desarrollo de un programa CAR-T dirigido inicialmente a pacientes con leucemia. La autoridad sanitaria lo presentó entonces como el primer permiso de este tipo otorgado en el país.
Investigadores del Hospital Universitario publicaron en JCO Global Oncology un estudio en el que demostraron que podían fabricar localmente células CAR-T dirigidas contra CD19 mediante un sistema cerrado y descentralizado.
El experimento se realizó con células obtenidas de cinco voluntarios sanos. Los cinco procesos de manufactura fueron completados exitosamente y los productos obtenidos cumplieron parámetros de viabilidad, esterilidad y cantidad celular establecidos por los investigadores. Es importante aclarar que este estudio evaluó la capacidad de fabricación: no significó que los voluntarios recibieran las células como tratamiento contra el cáncer.
El hallazgo es relevante porque demuestra que México puede desarrollar una parte crucial de la tecnología sin depender completamente de fábricas ubicadas en otros países.
Según un análisis publicado en junio de 2026 por el mismo grupo de la UANL, producir las células mediante su plataforma académica tuvo un costo aproximado de 32 mil dólares, sin que esto represente el costo total del tratamiento de un paciente, que incluiría hospitalización, estudios, manejo de complicaciones y seguimiento.
El Instituto Nacional de Pediatría también desarrolla su propio programa
Otra línea importante se encuentra en el Instituto Nacional de Pediatría (INP).
Investigadores de esa institución reportaron en Acta Pediátrica de México que trabajan en el desarrollo de un programa de CAR-T dirigido a niños con leucemia linfoblástica aguda de precursores B, uno de los cánceres infantiles en los que esta tecnología cuenta con mayor experiencia internacional.
El interés tiene una razón particular: la leucemia representa aproximadamente la mitad de los cánceres diagnosticados en niños en México y los pacientes con enfermedad refractaria o en recaída siguen representando uno de los mayores retos terapéuticos.
Nutrición Salvador Zubirán fortalece su infraestructura CAR-T
Un tercer frente se está desarrollando en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ).
Con apoyo de Fundación Carlos Slim, el instituto ha desarrollado infraestructura destinada al procesamiento y manufactura de células CAR-T, como parte de un programa de terapia celular que busca fortalecer la investigación y preparar futuros estudios clínicos en México. En junio de 2026 ambas instituciones reportaron nuevos avances en este proyecto.
Además, investigadores vinculados al INCMNSZ y al Tecnológico de Monterrey realizan estudios preclínicos con nuevas CAR-T para enfermedades más difíciles de abordar, entre ellas leucemia mieloide y tumores cerebrales, utilizando por ahora líneas celulares y modelos animales.
La UNAM busca nuevas dianas contra la leucemia
La investigación mexicana tampoco se limita al CD19. En 2025, un proyecto encabezado por investigadores de la Facultad de Medicina de la UNAM, el Instituto Nacional de Cardiología y el Instituto de Oftalmología FAP Conde de Valenciana recibió financiamiento para desarrollar células CAR-T dirigidas contra GRP78, una proteína que puede encontrarse en células leucémicas.
El objetivo, explicaron sus responsables, es sentar las bases para desarrollar en el país una terapia inmunológica dirigida particularmente a la leucemia infantil. El proyecto recibió 1.5 millones de pesos distribuidos durante tres años dentro del programa PAFRIM de la Facultad de Medicina.
Entonces, ¿ya se puede recibir terapia CAR-T en México?
Un análisis publicado por investigadores de la UANL en junio de 2026 concluye que México continúa en una etapa temprana para la implementación clínica generalizada de las CAR-T. Entre los problemas se encuentran los costos, el acceso a vectores de grado clínico, la infraestructura, el financiamiento y la falta de un marco regulatorio plenamente desarrollado para este tipo de terapias avanzadas.
A diferencia de Brasil, señalado por los autores como el país latinoamericano que más ha avanzado en regulación y autorización comercial de estos productos, México todavía trabaja en construir las condiciones necesarias para que las CAR-T puedan pasar de proyectos académicos y protocolos de investigación a una atención más amplia.
Cofepris ha reconocido desde 2023 la necesidad de crear una regulación específica para terapias avanzadas y en 2025 funcionarios de la comisión señalaron que se trabajaba en un marco para productos de terapia génica, celular y de ingeniería de tejidos.
Los estudios realizados en Monterrey muestran que la manufactura local es técnicamente posible, mientras instituciones de Ciudad de México desarrollan infraestructura, nuevas dianas y programas propios.
El siguiente reto es mucho más complejo: convertir esos avances en ensayos clínicos, demostrar seguridad y eficacia en pacientes, establecer reglas claras para su producción y, finalmente, encontrar un modelo económico que permita que una tecnología diseñada para salvar a personas sin otras opciones no quede reservada únicamente para quienes pueden pagarla.