¿Cuáles son los efectos del nearshoring en México? Esta es la realidad del país

En el segundo trimestre de 2026 el país registró el mayor superávit en cuenta corriente de su historia

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México registró un superávit en cuenta corriente de 8 mil 900 millones de dólares, equivalente a 1.7% del PIB y revirtió el déficit de 4 mil 500 millones de dólares acumulado en el mismo periodo de 2025. Este dato merece atención, sobre todo si se considera que México es un país que históricamente ha sido importador neto de capital y ha convivido con déficits externos estructurales.

Tres fuerzas produjeron este resultado. Las exportaciones manufactureras no automotrices impulsaron un superávit comercial de 10 mil 800 millones de dólares. Las remesas sumaron 30 mil 760 millones de dólares en el primer semestre de 2026, un incremento anual de 3.1% y el segundo registro más alto para ese periodo en la historia del país, según datos del Banco de México. Y la inversión extranjera directa alcanzó 23 mil 590 millones de dólares sólo en el primer trimestre, un máximo histórico para ese lapso, impulsada por el nearshoring.

Durante años, el nearshoring fue una promesa más que una realidad medible. En 2026, los datos ha comenzado a contar otra historia. México escaló del puesto 25 al 19 en el Índice de Confianza en Inversión Extranjera Directa de Kearney y la IED de origen estadunidense creció 23.6%, dirigida hacia los sectores tecnológico, automotriz y bancario. Las empresas que relocalizan cadenas de suministro para reducir su exposición a la incertidumbre arancelaria con Asia encuentran en México una combinación con muchas ventajas que le dan una posición difícil de igualar: proximidad geográfica a Estados Unidos, tratado comercial vigente y costos laborales competitivos.

Esto también se nota en la composición del PIB. La economía rebotó 1.4% trimestral en el segundo trimestre de 2026, tras la caída de 0.3% del trimestre previo, con ganancias en agricultura, industria y servicios. Con todo, el crecimiento anual proyectado para 2026 se mantiene modesto: apenas 1.3%. El motor externo está encendido; el interno (consumo, inversión pública, confianza empresarial doméstica) todavía calienta.

El optimismo por el superávit externo tiene un contrapeso. En la primera quincena de agosto, la inflación general subió a 3.26% anual (desde 3.14% en la quincena previa), y confirmó la tendencia de repunte que el consenso de mercado ya anticipaba tras el mínimo de seis años registrado en julio (3.12%). La inflación subyacente, que mide la presión estructural de los precios, se ubicó en 3.93%, influida por alimentos, vivienda y educación.

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Con el repunte de la inflación general anual en la primera quincena de agosto, México entra en la segunda mitad del año con una presión de precios que, aunque moderada en términos históricos, va en la dirección equivocada. La inflación subyacente —que excluye los componentes más volátiles como frutas, verduras y energéticos— se mantiene en 3.93%, impulsada por costos laborales acumulados, el traspaso tardío de los aranceles implementados a inicios de año y presiones en el componente de servicios.

El consenso de mercado proyecta que la inflación general cerrará 2026 en 4.2% y la subyacente en 4.1%, niveles que, si bien están por encima del objetivo de 3.0% fijado por el Banco de México, se consideran manejables dado el tipo de cambio apreciado y un crecimiento económico que no genera presiones de demanda excesivas. El verdadero riesgo no es una espiral inflacionaria, sino la persistencia: una inflación que no converge al objetivo y obliga al banco central a mantener tasas restrictivas más tiempo del que la economía, con un PIB creciendo apenas 1.3%, puede absorber cómodamente.

Esta dinámica tuvo consecuencias inmediatas en los mercados financieros. Tras la revisión al alza del Banco de México en su pronóstico de crecimiento del PIB, a 1.5% para 2026, los rendimientos de los Mbonos a dos años saltaron 45 puntos base en una semana, hasta 7.6 por ciento. El mercado está leyendo la señal: si la economía crece más de lo esperado y la inflación repunta, el espacio para recortes adicionales de tasas se estrecha. La tasa de referencia quedará en 6.50%, tanto al cierre de 2026 como de 2027, según el consenso de analistas.

El peso mexicano se ha apreciado frente al dólar en lo que va del año, en contraste con el comportamiento del índice DXY y de varias divisas de mercados emergentes. Esta fortaleza cumple una función doble: contiene la inflación de mercancías importadas y envía una señal de confianza al mercado internacional. El CDS soberano de México a cinco años ronda los 90 puntos base, muy por debajo del promedio de mercados emergentes, cercano a 130 puntos. 

Con todo, el panorama tiene sombras. La deuda pública bruta alcanzará 60.5% del PIB en 2026 y el déficit fiscal amplio se proyecta en 4.3%. La dependencia de las remesas, un flujo sensible a la política migratoria de Washington, sigue siendo una vulnerabilidad estructural. Y el crecimiento de 1.3% anual es insuficiente para reducir de forma significativa la pobreza y la informalidad.

México está aprovechando, como pocas veces en su historia reciente, una coyuntura internacional favorable. El reto es convertir ese viento de cola externo en transformación productiva interna antes de que el ciclo cambie.

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