Sobre reencontrarnos, después de ser mamás y descubrir que no somos las mismas, somos mejores
Ser mamá transforma nuestra identidad, cuerpo y mente. Por qué la maternidad es un proceso de cambio y cómo reencontrarte con tu nueva versión.

No soy la mujer que era antes de ser mamá. Ni un poco, ni cerca. Para terminar rápido, ni siquiera sé si la reconocería como parte de mi identidad actual. Ha sido una evolución continua y sin descanso. No físico, en el sentido de resiliencia y de adaptación ininterrumpida (y me dan ganas de decir diaria) porque desde que nació mi primera hija ha sido un aprender y desaprender constante y sonante.
Hace casi 12 años llegué del hospital a mi casa a una realidad para la cual nada ni nadie me preparó ni advirtió. Es impresionante cómo ningún curso psicoprofiláctico, libro, amiga o abuela realmente te prepara para lo que vives al convertirte en mamá. En mi caso, tuve la fortuna de una amiga que fue la única que, cuando nació mi hija, se apareció en el hospital con flores para mí y nada para mi bebé, y que después me escribió un mail que hasta la fecha leo para aterrizar. Y quien se acuerda de lo que se siente estar en esa cama de hospital sabe que este hecho no es menor.
Requiere muchísimo amor y empatía reconocer a la mujer aterrada que abraza a un bebé recién nacido. Con tu bebé nace una nueva versión de ti y aunque el nacimiento ocurre de un momento a otro, la realidad es que convertirse en mamá no sucede en un solo día. Es un proceso y hay que distinguirlo como tal porque, por definición, este tarda en ajustarse y afianzarse.
“Entre la hormona que está cambiando por segundo y en ráfagas que ni un tsunami aguanta (es lo peor), las expectativas de lo que ‘debe ser’ el parto, la maternidad, la lactancia, las emociones y la relación madre-hijo (o la falta de ellas), sumado al cansancio, el miedo y una realidad nueva y totalmente diferente a la que se vivía hace solo unos días antes, no es para menos que nos volvamos un poquito (o un mucho) locas. Y si algo te quiero dejar claro es que no estás sola ni eres la única que ha pasado por cosas ‘diferentes’ dentro de la maternidad. Hay un millón de maneras de vivir la vida, y la maternidad también. Todas tenemos un camino que recorrer y todas tenemos que encontrar ese camino propio — atropellado o color de rosa o en construcción constante o liso como autopista alemana — cada una tiene que vivirlo a su manera.”

Bottom line: ni estás sola, ni estás loca, ni decidiste cambiar de la noche a la mañana. Convertirte en madre es — as matter of fact — un developmental stage (es más, descubrí que está denominado como matrescence1) — como la adolescencia solo que, en nuestro caso, no tiene caducidad y se ajusta con el nacimiento de cada hijo. No es algo que ocurre una sola vez. Go figure.
Y cuesta, es muy difícil aceptar que nuestro hijo nace y una versión de nosotras muere. Cuesta mucho trabajo entender que nuestra vida como la conocíamos desapareció y más trabajo cuesta reconocer y aceptar tantos cambios en tan poco tiempo. Para mí, una de las cosas más complicadas fue aceptar que dejé de ser, que mi cuerpo cambió y que mi mente evolucionó. Tu hijo es una nueva persona y tú necesitas ser otra también.
Dejar de intentar encontrar a alguien que dejó de existir es un duelo que nadie te cuenta. Y no, no te lo digo por ser una experta de la maternidad ni mucho menos, te lo digo porque a mí me sirvió escucharlo en su momento y ojalá esto te sirva a ti también. Mi intención es buscar que mis palabras te acompañen en este camino llamado ‘ser mamá’ que muchas veces se siente solitario aunque estemos rodeadas de gente.
Con escasos 12 años de experiencia, te puedo decir que para ser la persona que soy hoy, tuve que renunciar a la que fui. Not because I gave up — because she doesn’t exist anymore, literally. Y aquí viene mi parte ñoña a decirte que está backupeado que hay un estudio que hizo resonancias magnéticas a 179 mujeres y encontró que el 94% del volumen de materia gris de nuestro cerebro cambia durante el embarazo.
Noventa y cuatro por ciento. No es una metáfora y el famoso “ya no eres la misma” en plan poético — es un fact. Literal, nuestro cerebro se reconfiguró físicamente, sobre todo en las zonas de cognición social. So when people say “te ves diferente o estás actuando diferente,” es así. Hay data que ratifica esto y que nos da toda la razón.

Lo hablaremos en otro momento, pero también es un hecho que con tantas horas dedicadas al hogar, al trabajo y al nuevo recién nacido, ¿a qué hora exactamente se supone que tenemos el tiempo y el espacio para encontrarnos si a veces no podemos (sobre todo en un inicio) ni siquiera ir al baño en paz? ¿Qué le hacemos a todas esas hormonas que nos quitan la tranquilidad? Porque ojalá que el postparto fuera solo aprender a cambiar pañales, pero está comprobado que casi el 80% de las mujeres reporta algún tipo de angustia en algún punto después de dar a luz.
Así que no, tampoco es una debilidad nuestra, es prácticamente el estándar de lo que ocurre y aun así actuamos como si fuera un secreto vergonzoso que además nos hace sentir diferentes. Todas esas expectativas y esos estándares son idílicos e irreales. No hay manera de que todo sea “perfecto” y de que nosotras nos mantengamos intactas durante un cambio tan radical en nuestra vida.
Lo que sí podemos y debemos es ser más bondadosas con nosotras mismas y no compararnos con nada ni con nadie. Debemos darnos tiempo y buscarnos espacios para sentir. Se vale. Se vale todo, hasta lo malo. Lo que pasa después de tener un bebé no define nuestra vida, ni nuestra identidad como mamás, ni nuestro matrimonio ni a nuestros hijos. Es un proceso y hay que vivirlo. Punto.
No se puede saltar, no se puede comprar el acordeón para pasar con 10 más rápido, ni nadie más lo puede vivir por nosotras. Suficiente tenemos las mujeres recién paridas, cortadas, adoloridas, hormonizadas y con expectativas altas (si no irreales) con lo que ya se vive al hacerse madre, como para encima de eso darnos en la torre solitas con flagelaciones y recriminaciones del deber ser. Es más fácil dicho que hecho pero tenemos que tratar.
Cada día, en cada momento, tratar de pensar en nosotras un poquito, en quizá no exigirnos tanto, en tenernos paciencia, en dejar que bajen los hombros y que entre la respiración. Sí se puede, se vale y lo necesitamos para sobrevivir.

Habrá tropiezos y aciertos, pero es parte de nuestro camino (que BTW es valiosísimo y único). Solo hay que darnos chance de aprender a hacerlo y de vivirlo. Tenemos que dejarnos ser vulnerables otra vez (aunque cueste).
Bien valdrá la pena desarmarnos un poco para volvernos a armar más fuertes, más confiadas, más seguras de lo que queremos y somos capaces. Nada es tan grande y tan importante como convertirnos en mamás, pero nadie dijo que era fácil. Y esto sí te lo prometo: la nueva versión que surge de ti es mucho mejor que la anterior.