Vivir la vida es cosa seria
Toda una vida para tomarla en serio y un día para celebrarla

Quien me conoce sabe que tengo evidencia de sobra para poner en duda mi nacionalidad mexicana, pero como el mexicano nace donde se le da la chingada gana, heme aquí. Nada agradezco más que transitar y experimentar esta vida con pasaporte verde. Me siento muy orgullosa de serlo, y en fechas como estas, que son tan importantes para nuestra cultura, serlo me hace sentir aún más especial. Todo lo que ocurre alrededor del Día de Muertos me fascina y es de lo que más presumo al hablar de mi país. ¡Qué orgullo la celebración, la decoración, las catrinas, la gala, el maquillaje, el diseño, la ropa! Bueno, hasta las marcas se lucen (y alguna decidió colocar un billboard viendo al cielo). Me vuela la cabeza el talento que aquí habita y cómo converge con esta celebración de manera original y, al mismo tiempo, respetuosa.

Pero todo eso, la celebración, el color, el diseño, gira alrededor de un altar, y aquí es donde me tengo que confesar. No he puesto uno desde que soy Mamá, y esto me hace sentir algo de culpa, porque lo pienso y me encantaría que las niñas vivieran esta tradición. Por otro lado, agradezco no tenerlo, porque siento que eso significa que hasta el día de hoy he sido tan afortunada que no he vivido la muerte tan de cerca. Todos mis abuelos murieron antes de que yo cumpliera tres años, así que no conozco una vida cerca del altar, quizá porque nací sin tenerlo. Y una parte de mí no alcanza a dimensionar la fuerza y la valentía que se requieren para tangibilizar la muerte de una manera tan amorosa y profunda. Elegir la comida, la foto, la música, el lugar de la casa… qué proceso tan tierno y, a la vez, tan doloroso; tan público y tan íntimo. Delulu, pero make it cool. No lo sé, pero hablarle al oído a la muerte, en la música, en la risa, en el baile y en la cotidianidad de un domingo, tiene mucha personalidad y, a mi parecer, también requiere de un montón de agallas.

Entre más pienso en nuestra relación sana (ish) con la muerte, más creo que toca hablar de la vida. Hace un par de semanas hablábamos de ideas para guardar recuerdos y atesorar momentos en familia, y creo que desde la consciencia de la muerte eso toma mucho más sentido. Celebrar la vida a través de la muerte. Recordar lo que valió la pena, las cosas que hacen peculiares y únicas a las personas. Recordar para volver a la vida: tangibilizar lo que ya solo existe en nuestra memoria, recordar los olores, magnificar los sabores, encontrar nuevos mensajes escondidos en las canciones. Indagar en objetos que revivan memorias que logren transportarnos en el tiempo y erizarnos de nuevo la piel. Recordar por qué vale la pena vivir y entender qué es lo que nos hace sentirnos vivos. Los pequeños detalles, los momentos que algún día dimos por sentado. Nunca es el viaje a Mónaco; siempre es la conversación en la escalera.

Me gustaría que mis hijas crezcan con esta tradición cerquita de sus corazones, pero que tarden muchísimo en llenarla de nombres, y aunque sé que esto está completamente fuera de mi control, tengo verdaderos high hopes en lo que sí está en mis manos: enseñarles el valor de la vida y la grandeza de los momentos pequeños. Lo decidí desde el primer momento en que las tuve entre mis brazos y lo ratifiqué el día en que me propuse ser el ejemplo de que no hay nada más importante que ser feliz, no como destino, sino como camino. La felicidad no depende de la de nadie más, y llevar eso al extremo es lo más arriesgado y, justo por eso, lo más liberador. Por eso es aterrador. Sin embargo, un corazón lleno, un propósito para levantarse y aprovechar el poco tiempo que tenemos en la tierra para disfrutarlo, lo es todo. Amar con tanta fuerza y vivir con tanta intención que, gracias a la consciencia de la muerte, no nos quede más que celebrar la vida todos los días de nuestra vida.
