Historia de la Alameda Central: el origen del parque más antiguo de la CDMX
De hoguera de la Inquisición a pasarela de la alta sociedad: La insólita metamorfosis de la Alameda Central.

Conoce la historia de la Alameda Central; este es el origen del parque más antiguo de la CDMX. Es un pulmón verde incrustado entre el Palacio de Bellas Artes y la Torre Latinoamericana, con un trazado inicial a finales del siglo XVI.
Este espacio de aproximadamente 8.6 hectáreas ha sido testigo mudo de las transformaciones sociales, políticas y culturales más drásticas de la capital mexicana. Caminar por la Avenida Juárez o cruzar la sombra frondosa de los álamos y fresnos en el corazón de la Ciudad de México es realizar un viaje directo a través de más de cuatro siglos de memoria urbana.
La Alameda Central fue concebida como una respuesta estética y de salud pública en una urbe virreinal que apenas comenzaba a rebasar los límites traídos por la conquista española.
Por sus senderos caminaron desde aristócratas en carruajes guiados por la etiqueta europea, hasta multitudes revolucionarias que redefinieron el rumbo de la nación.

La Alameda Central en el virreinato
En el año 1592, la Nueva España vivía una etapa de expansión física e institucional bajo el mandato del octavo virrey de la Nueva España, Luis de Velasco y Castilla (hijo). Inspirado en la Alameda de Hércules de Sevilla, el virrey solicitó formalmente al Cabildo de la Ciudad de México la asignación de un terreno para crear un espacio verde similar.
El 24 de enero de 1592, las autoridades virreinales aprobaron la destinación de fondos públicos para esta obra. Específicamente, se libraron 500 pesos de oro común derivados de las arcas municipales y otros 2,000 pesos obtenidos del impuesto de la "sisa" para iniciar los trabajos en el extremo poniente de la ciudad, justo al límite de la calzada de Tacuba.
El sitio elegido era una zona cenagosa y deshabitada que marcaba el límite entre la urbe española y los tianguis tradicionales como el de San Hipólito. Para dar forma al paseo, el ayuntamiento dispuso la plantación masiva de un árbol en particular: el álamo.
Esta especie botánica no solo le dio la densidad sombreada que el público requería para cobijarse del sol del mediodía, sino que bautizó para siempre a este tipo de parques en todo el mundo hispanohablante bajo la denominación de "alameda".
Sin embargo, aquellos álamos originales tuvieron una vida corta debido al exceso de humedad del suelo lacustre y al tipo de terreno de la cuenca. Pese al cambio de flora, el nombre "Alameda" ya se había grabado a fuego en la identidad colectiva de la población capitalina.

De la inquisición a una visión afrancesada
Los primeros dos siglos de la Alameda Central estuvieron marcados por convertirse en uno de los lugares para establecer castigos y represión por parte del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.
En un área anexa frente a lo que hoy es la iglesia de San Diego y el Laboratorio Arte Alameda, se construyó una plataforma fija de piedra y cal: el "Quemadero de la Inquisición".
Era el escenario público donde se ejecutaban las sentencias del Santo Oficio mediante el fuego para aquellos condenados por herética gravedad, judaizantes, luteranos o acusados de brujería a quienes el tribunal eclesiástico "relajaba" al brazo secular.
Fue hasta el mandato del virrey Carlos Francisco de Croix (marqués de Croix) cuando finalmente se ordenó la demolición del quemadero en la década de 1770, permitiendo la expansión definitiva del parque hacia el oeste y saneando la memoria del lugar.
Sin embargo, según crónicas de la época, en la Alameda Central se dejaba ver la desigualdad de la Nueva España: mientras los criollos y españoles presumían sus mejores ropajes de seda y telas importadas cuando transitaban por la Alameda, eran seguidos por amplias comitivas de sirvientes y gente esclavizada.
Y a la población indígena, mestiza o de castas desfavorecidas se le prohibía el ingreso o se le relegaba a las inmediaciones del mercado adyacente.
Durante el Segundo Imperio Mexicano, la emperatriz Carlota se enamoró profundamente de la Alameda. Acostumbrada a los magníficos parques de Bruselas y Viena, decidió intervenir personalmente el espacio para darle un toque verdaderamente europeo.
Bajo sus órdenes se sembraron miles de rosas y especies florales exóticas, se mejoraron los trazados de los senderos en forma de X y se donaron piezas artísticas de gran valor.
Entre ellas destaca la fuente alegórica con la escultura de Venus conducida por céfiros, obra en hierro fundido realizada por el escultor francés Mathurin Moreau, la cual fue colocada en el centro del parque y se convirtió en uno de los rincones favoritos de la aristocracia de la época.

La Alameda Central del Porfiriato a la actualidad
Fue durante el Porfiriato que la Alameda Central se vio transformada con la modernización urbana, la higienización pública y el afrancesamiento estético. Se instaló por primera vez alumbrado público eléctrico mediante faroles de hierro forjado, las antiguas veredas de tierra fueron reemplazadas por banquetas pavimentadas y se colocaron bancas de mármol de Carrara importadas de Italia.
Se dotó al parque de un refinado programa iconográfico grecorromano, instalando estatuas de mármol y bronce dedicadas a deidades como Mercurio, Neptuno, La Primavera, Las Ninfas y Danaide.
Además, se construyó un kiosco de hierro de inspiración árabe conocido como el Kiosco Morisco, que permaneció en la Alameda hasta 1910. https://www.imagenradio.com.mx/bienestar/historia-kiosco-morisco-secretos-barrio-santa-maria-ribera Fue reemplazado por el Hemiciclo a Juárez, inaugurado el 18 de septiembre de 1910 por el propio Porfirio Díaz en el marco de los festejos del Centenario de la Independencia de México.
El siglo XX democratizó definitivamente a la Alameda Central y el parque se convirtió en el punto de encuentro natural para trabajadores, familias populares, vendedores ambulantes, estudiantes y parejas de enamorados de todos los estratos sociales.
Nadie captó mejor esta vibrante transformación social que el muralista Diego Rivera con su obra: Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central en 1947.
El monumental fresco de 4.17 metros de alto por 15.67 metros de largo, concebido originalmente para el comedor del Hotel del Prado, resume 400 años de historia nacional condensados en un paseo por el parque.
En las últimas décadas, el intensivo uso peatonal, la proliferación del comercio informal descontrolado y el deterioro del mobiliario urbano llevaron al parque a una crisis de conservación severa.
Con el fin de frenar la degradación de este patrimonio nacional, en el año 2012 el Gobierno de la Ciudad de México emprendió una remodelación integral con una inversión pública aproximada de 240 millones de pesos.
Hoy en día, la Alameda Central es una reliquia arquitectónica para admirar en silencio; ha logrado lo que muy pocos espacios urbanos en el planeta consiguen: reinventarse continuamente sin perder su esencia.