Sexo y sexualidad no son lo mismo: entender la diferencia cambiará la forma de vivirlos
¿Cuál es la diferencia entre sexo y sexualidad? Una especialista explica qué significa cada concepto y cómo influyen el cuerpo, el placer, la pareja y la edad.

Pocas cosas resultan tan comunes en las conversaciones cotidianas como utilizar las palabras sexo y sexualidad como si fueran sinónimos. Pero ¿realmente significan lo mismo? La diferencia entre sexo y sexualidad va mucho más allá de una cuestión de términos y entenderla también puede cambiar la manera en que conocemos nuestro cuerpo, ponemos límites, construimos relaciones y vivimos el placer.
Hablar de sexualidad tampoco significa hablar únicamente de relaciones sexuales. Está presente en la forma en que sentimos, nos relacionamos, expresamos afecto y reconocemos aquello que nos gusta y lo que no. Además, no permanece igual toda la vida: cambia con nosotros desde la infancia hasta la vejez.
En entrevista para Imagen Radio, la maestra en sexualidad Liliana Herrera González explicó por qué separar ambos conceptos permite derribar algunas de las ideas que durante años han condicionado la manera en que entendemos nuestra vida íntima.

¿Cuál es la diferencia entre sexo y sexualidad?
Aunque suelen utilizarse indistintamente, sexo y sexualidad describen aspectos diferentes. La especialista explica que el sexo se refiere principalmente a características biológicas y anatómicas, como cromosomas, hormonas y órganos sexuales.
La sexualidad, en cambio, tiene una dimensión mucho más amplia. Incluye nuestra identidad, deseos, emociones, valores, placeres, comportamientos y maneras de relacionarnos. También está atravesada por el contexto familiar, social, cultural, religioso e incluso económico en el que crecemos.
"La sexualidad es todo lo que nos representa, todo lo que somos en la vida cotidiana y está influenciada por muchos factores a nivel psicosocial, a nivel político, a nivel económico, a nivel religioso, a nivel espiritual... Y no hay dos sexualidades iguales, porque nuestras historias nos permiten contrastarnos y reconocer nuestra unicidad".
Esto ayuda a entender por qué hablar de sexualidad no equivale necesariamente a hablar de prácticas sexuales. Una persona comienza a construirla mucho antes de iniciar su vida erótica y continúa transformándola a medida que vive nuevas experiencias.

¿Cómo explorar tu sexualidad y conocer mejor tu cuerpo?
Una de las ideas que suelen limitar nuestra manera de entender la sexualidad es pensar que solo existe cuando aparece otra persona. Para Herrera González, el primer vínculo que necesitamos explorar es precisamente el que tenemos con nosotros mismos.
Desde pequeños aprendemos, consciente o inconscientemente, qué pensamos del cuerpo, qué expresiones de afecto aceptamos, cuáles rechazamos y qué mensajes recibimos alrededor del placer, la intimidad o la vergüenza.
Ese conocimiento tampoco termina al llegar a la edad adulta. Nuestros cuerpos, deseos y necesidades se modifican y, por ello, reconocer lo que sentimos requiere mantener cierta curiosidad sobre nosotros mismos.
"Nuestros cuerpos siempre están en transformación... Tratar de comprender qué sentimos, cómo nos vivimos, cuáles son nuestras experiencias, cuáles son nuestros deseos, de qué manera me gusta ser tocada o ser tocado, de qué manera me gusta también tocar a las otras personas, cuáles son esos afectos... es una guía".
Explorar la sexualidad, por tanto, no se reduce a descubrir qué produce placer. También significa identificar aquello que genera incomodidad o simplemente no queremos experimentar. Ese autoconocimiento permite construir límites y expresarlos sin sentir que debemos justificarlos.
La especialista pone un ejemplo muy cotidiano: alguien puede no disfrutar que lo abracen, le acaricien el cabello o invadan determinado espacio de su cuerpo. Reconocerlo y comunicarlo también forma parte de una sexualidad consciente.

Sexualidad en pareja: ¿qué pasa cuando cambian el deseo y el placer?
Cuando compartimos la sexualidad con alguien más, entran en contacto dos historias distintas. Esto explica por qué no existe una única manera "correcta" de vivir la intimidad ni una frecuencia de relaciones sexuales que determine si una pareja funciona bien.
Para Herrera González, uno de los problemas aparece cuando intentamos ajustar nuestra experiencia a reglas externas sobre cuánto sexo deberíamos tener, cómo tendría que sentirse el deseo o cuál debería ser nuestro desempeño.
"La frecuencia o el desempeño ha sido una de las creencias que han limitado la sexualidad, porque nos han hecho creer que hay un modo de vivirla, un modo de sentirla, un modo de responder ante ella... Cuando empezamos a querer encaminarnos ante este tipo de dogmas o de creencias, vamos dejando de lado nuestra historia sexual, nuestra historia de vida erótica".

Y hay otro elemento que puede generar conflictos: esperar que la persona con la que llevamos años conserve exactamente los mismos deseos que tenía cuando comenzó la relación.
Las parejas cambian, pero también lo hacen individualmente quienes las integran. La maternidad o paternidad, el trabajo, el estrés, las pérdidas, la salud, el paso de los años y las experiencias personales pueden modificar el deseo y las formas de experimentar placer.
Por eso, la especialista propone "actualizar la mirada" que tenemos sobre la pareja: volver a preguntar, escuchar y conocer quién es esa persona ahora, en lugar de dar por hecho que sabemos qué desea porque llevamos muchos años juntos.
"Los placeres, la vida erótica cambia, se transforma, pero no por eso significa que se acaba. Esto nos invita a podernos sentar, a poder dialogar, a poder conocernos, a poder actualizar la mirada del otro o de la otra de quién vamos siendo ahora".
Cuando esas conversaciones resultan difíciles o los desacuerdos generan malestar persistente, Herrera González señala que también puede recurrirse al acompañamiento de un terapeuta de pareja o terapeuta sexual.

¿Cómo hablar de sexualidad con los niños y a qué edad empezar?
La educación sexual tampoco comienza con "la plática" que muchos padres imaginan que tendrán cuando sus hijos lleguen a la adolescencia. En realidad, se construye desde los primeros años mediante conversaciones pequeñas y adecuadas para cada etapa.
Nombrar correctamente las partes del cuerpo, enseñar que existen límites y responder las preguntas infantiles sin convertirlas automáticamente en algo vergonzoso son algunas de las primeras herramientas.
"No hay una edad específica para hablar de sexualidad... Desde bebés nos vamos familiarizando al nombrar las partes del cuerpo con el nombre correcto: tus brazos, tus nalgas, tu ano, tu vulva, tu pene, tu escroto. Apostemos a conversaciones pequeñas, cotidianas y de calidad a lo largo de la infancia y adolescencia para que se viva desde un lugar de seguridad y no de vergüenza".
De esta manera, la educación sexual deja de ser una única conversación centrada en prevenir embarazos o infecciones de transmisión sexual y se convierte en un aprendizaje sobre el cuerpo, los afectos, el respeto y los límites.

¿La sexualidad termina en la vejez? El placer también cambia con la edad
Otro de los grandes mitos alrededor de la sexualidad aparece con el envejecimiento. Socialmente todavía persiste la idea de que las personas mayores dejan de experimentar deseo, placer o interés por la intimidad.
Herrera González cuestiona esa mirada. Envejecer implica cambios físicos y emocionales, pero no significa perder la capacidad de experimentar afecto o placer. Lo que disfrutamos tampoco tiene que permanecer idéntico a lo largo de las décadas.
"La sexualidad en la vejez es la continuidad de la vida y del placer por el hecho de tener un cuerpo. Necesitamos derribar los mitos de que las personas adultas mayores no sienten o son asexuadas. La vida sexual no termina hasta nuestro último día de vida... Lo que se disfrutó a los 50 años no tiene que ser igual a los 70; necesitamos aceptar esos cambios con dignidad y con creatividad".
Entender la diferencia entre sexo y sexualidad permite, finalmente, sacar la conversación únicamente de la cama. La sexualidad también está en la relación que construimos con nuestro cuerpo, en los límites que aprendemos a poner, en los afectos, en aquello que nos produce placer y en la libertad de reconocer que todo eso puede cambiar.
No existe una única manera de vivirla ni una versión que debamos conservar para siempre. Conocernos, hablar y mantenernos abiertos a descubrir quiénes somos en cada etapa puede ser una parte tan importante de la sexualidad como compartirla con alguien más.