¿Y si una relación tiene fecha de vencimiento pero ninguno de los dos quiere terminarla?

¿Se puede amar sabiendo que el final es inevitable? Descubre cómo esta pareja decidió desafiar la fecha de vencimiento de su amor y vivir el presente.

¿Y si una relación tiene fecha de vencimiento pero ninguno de los dos quiere terminarla?
¿Y si una relación tiene fecha de vencimiento pero ninguno de los dos quiere terminarla?Canva

El no tenía ni idea de  cómo había llegado hasta ahí. Esta en una relación que le encanta, pero a su vez, que no tiene futuro.

Después de haber estado muchos años en pareja se había separado un año atrás. Su plan era bastante previsible: darse un tiempo para entender bien qué había pasado en aquella relación, recuperarse y tener salidas sin grandes compromisos emocionales. Había apretado el botón de no enamorarse, como si fuera efectivo. Qué ingenuo.

En un restaurante al que iba a cenar con frecuencia solía atenderlo una camarera que le llamaba mucho la atención. Además de ser muy linda, le resultaba atractiva por algo más que eso, como si estuviera rodeada de un halo de misterio. Por lo general solo intercambiaban algunas palabras y sonrisas, sin pasar de ahí. Pero un día le anotó su teléfono en el ticket y le dijo que si tenía ganas, le escribiera. Ella nunca lo hizo.

El siguió yendo a ese restaurante, consciente de que aquella situación podía ser un poco incómoda para ambos, pero sin permitir que ese pequeño desaire definiera adónde podía ir o dejar de ir a cenar.

¿Y si una relación tiene fecha de vencimiento pero ninguno de los dos quiere terminarla?
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Unos meses más tarde, ella empezó a hablarle más de lo que solían hacerlo antes de aquel desencuentro. Cuando le contó que estaba estudiando, se le hizo inevitable preguntarle su edad, porque le parecía que era grande para estar en la facultad. Casi se muere: tenía veinticuatro años menos que él, justo la mitad de su edad. “Menos mal que no me contacto cuando le di mi celular”, pensó.

Con cada cena, el diálogo entre ellos se iba haciendo más profundo, hasta que un día ella pronunció las tres palabras críticas.

—Anotá mi teléfono.

Él lo anotó y le mandó un mensaje para que lo agendara, descontando que ella habría tirado el papelito en el que le había escrito su número meses atrás.

Durante el tiempo que llevaba separado había tenido varias “amigas con derechos”. Imaginó que el vínculo con ella podría ser algo así: alguien con quien compartir buenos momentos sin expectativas de futuro. Por otro lado, la diferencia de edad era insalvable y, además, él no estaba en condiciones de formar una nueva pareja. Esos planes que hacen los seres humanos.

Todo circulaba por esos carriles hasta que se fue una semana a la Patagonia. Necesitaba estar solo, descansar, leer, pensar, pero después de algunos días sintió ganas de compartir con alguien. ¿A quién invitar? Era un tema delicado, porque una cosa es cenar y tener sexo, y otra muy distinta es dormir y despertarse con esa persona. Ni hablar de tener que hacerlo durante varios días.

Su amigo Lolo le había contado algo que sintetizaba la situación en forma inmejorable.

—Siempre me despachás apenas terminamos de coger —le reprochó una amante—. Al menos pidamos unas empanadas, así compartimos algo más.

Lolo se comportó como un caballero y accedió.

—Y la verdad… las empanadas estuvieron de más, se sinceró él.

¿Con quién tenía ganas él de compartir unas “empanadas”? Repasó sus opciones y las descartó. Con ninguna de sus amigas con derechos podría haber compartido algo más que la previa y el sexo. Aunque quizás con ella sí. Su intuición e impulsividad lo llevaron a escribirle.

—Voy feliz —fue la respuesta de ella, contundente.

Pasaron un fin de semana genial. Él podría haber compartido muchas más empanadas y risottos y vinos con ella.

Al volver a Buenos Aires, se dio cuenta de que el vínculo había dado un salto inesperado. ¿Y eso, de dónde había salido? Sin saber adónde lo llevaría semejante sinceramiento, se lo contó. Ella sentía lo mismo.

El tiempo fue pasando y la relación creciendo. Para cuando llevaban un año, era evidente que se habían convertido en una pareja. El botón de no enamorarse no había funcionado. Y aunque habían acordado no ponerle ninguna etiqueta a lo que les pasaba, la realidad decantaba por su propio peso.

—Somos como un yogur —le dijo él un día.

Ante la mueca extraña de ella, se explicó mejor.

—Tenemos fecha de vencimiento. Cuando estamos juntos, no siento la diferencia de edad. Pero te llevo veinticuatro años. Vos tenés todo por vivir y yo estoy en una etapa en la que quiero ver cómo puedo estar más tranquilo, tener menos responsabilidades. Y el punto crítico es que en algún momento vas a querer tener hijos, lo cual me parece excepcional, pero yo ya tengo y no quiero empezar de nuevo. Por eso, más tarde o más temprano, estamos condenados a separarnos.

—Más allá de la metáfora poco feliz —le respondió ella con su habitual soltura encantadora—, para mí falta mucho tiempo para querer tener hijos. ¿Y si mientras tanto vivimos lo mucho que tenemos?

Su planteo lo descolocó.

Su matrimonio y su pareja posterior habían sido, en teoría, para toda la vida. Y ahí estaba él, separado las dos veces más allá de sus anhelos, juramentos y creencias. Si esas dos veces que habían sido “para siempre” al final no lo fueron, ¿por qué no probar lo contrario en vez de pegarle un tiro preventivo a una relación que, supuestamente, no podía ser?

Pensó en sus miedos. El primero de todos, el miedo a sufrir. También, a no tener la fuerza necesaria para decir que no más adelante. O a verse envuelto en una telaraña emocional, en una situación fuera de sus planes de vida.

¿Y si vivir sin garantías fuera la única manera real de vivir?

Borges decía que tenemos que vivir como si construyéramos sobre roca, sabiendo que siempre construimos sobre arena.

¿Qué pasaría si, en vez de preguntarse cuánto iba a durar, se preguntara cuánto podía transformarlo esa experiencia?

¿Y si, en vez de preocuparse tanto por el destino, se animara al viaje?

Días después encontró un poema de Rilke que lo conmovió.

Sé paciente con todo lo que aún no está resuelto en tu corazón.
Trata de amar tus propias dudas.
No busques las respuestas que no se pueden dar, porque no serías capaz de soportarlas.
Lo importante es vivirlo todo.
Vive ahora las preguntas.
Tal vez así, poco a poco, sin darte cuenta, puedas algún día vivir las respuestas.

Y eso hicieron.

¿Y si una relación tiene fecha de vencimiento pero ninguno de los dos quiere terminarla?
Juan Tonelli  Escritor y autor del libro “un paraguas contra un tsunami”?Foto Autor

La ilusión de controlar lo que sentimos es eso: una ilusión.

Las certezas absolutas son más frágiles que lo que se construye en lo transitorio.

El temor al dolor futuro nos impide disfrutar y vivir el presente.

mgid